Se experimenta adicción cuando nos vemos impelidos a experimentar un placer de los sentidos, irremisiblemente, sin control y con total ausencia de voluntad para impedírnoslo y con fuerte manifestación de ansiedad en los momentos previos; ansiedad que se siente disminuir cuando ya hemos conseguido el goce anhelado. La adicción a la comida, a beber alcohol, al sexo, al juego o a las drogas, si no tuviera la indeseada consecuencia del exceso de uso o consumo, tan sólo resolvería la insatisfacción que genera ese deseo irrefrenable. Pero, lamentablemente, las adicciones tienen consecuencias lastimosas en nuestro cuerpo o mente. en el orden anteriormente expuesto están la bulimia, la anorexia o la obesidad, el alcoholismo, la satiriasis, la ludopatía o la drogadicción. Todas ellas son diferentes manifestaciones de la necesidad de «rellenar» o completar una insatisfacción, una carencia o un exceso de situaciones y circunstancias padecidas en algún momento de la vida. Desde no habernos sentido queridos por nuestros progenitores, pasando por abusos físicos o psicológicos, gracias al bulling o a la exclusión social por alguna incapacidad; todas estas limitaciones se «amontonan» en nuestro subconsciente y en un momento determinado, sin ser conscientes de ello, afloran y se insertan en nuestro cuerpo abandonándonos a un destino que no somos capaces de controlar.
¿Cómo nace la adicción? Suele comenzar con pequeños pasos, con movimientos apenas imperceptibles. Puede que sintamos cierta desazón, tristeza, malestar en el alma, una sensación como de abandono y de no disfrutar con intensidad de todo lo bueno que nos rodea; incluso perdemos la perspectiva de que eso que es bueno lo percibamos como tal. Nace sin darnos cuenta, con pequeños destellos de placer ante la satisfacción momentánea que aporta cualquiera de esos jinetes del Apocalipsis de cada cual. No recordamos cuando el disfrute se convirtió en necesidad y además tomó carta de naturaleza la regularidad. Esos placeres que, de modo esporádico y alegre son del todo recomendables, se transforman en una necesidad, de modo que si no lo conseguimos, con cierta rapidez, la ansiedad, el deseo irrefrenable, incluso el malhumor, se desata en nuestro interior y nos exige la plena satisfacción inmediata. Al principio, en muchos casos, nace como un juego, incluso un reto, como una forma de demostrarnos que somos poderosos y que nos podemos satisfacer a nuestro antojo, pero poco a poco va convirtiéndose en una necesidad y el disfrute deja paso a la consumación para tranquilizar la pulsión que nos mantiene en vilo. Y de esos polvos vienen cada vez lodos más intensos, cada vez la «dosis» que se requiere es superior y no sólo porque el cuerpo biológicamente precisa más cantidad, para idéntico placer, sino porque la desazón que sentimos es, cada vez, mayor, según se va sumando la culpa de la dependencia a nuestro entendimiento. Según hemos experimentado el placer, a los pocos instantes, sentimos culpa, nos sentimos débiles y eso agranda el vacío y la sensación de estar en manos de la adicción.
El efecto del consumo dura lo que dura, es efímero, se acaba cada vez más rápido; sentimos que necesitamos más y más pero nuestro cuerpo es pura física, tiene un límite y en un momento determinado puede hacer Crac y dejarnos tan tocados, con una salud tan resentida, que llega el momento en el que nos jugamos la propia vida y el juego inicial se convierte en una ruleta rusa en la que progresivamente va habiendo más balas en la recámara. Pero antes de que la pólvora reviente y nos mate, hay soluciones, hay puertas de salida, hay ventanas de oportunidad para poder escapar de la trampa en la que hemos caído, casi sin darnos cuenta.
Lo más triste de todo es que las adicciones matan, excepcionalmente al cuerpo, pero siempre asesinan nuestra libertad, autocontrol y la necesaria autoestima para sentirnos bien con nosotros mismos, sin necesidad de recurrir a artificios. Peor aún cuando creemos que gracias al alcohol o a las drogas somos más capaces de establecer la ansiada relación social que la timidez o la vergüenza (las inseguridades al fin) nos privan de conseguir en estado sobrio. No he conocido a nadie que, privado por drogas o alcohol, sea mejor que sin ellas. Lo que sucede es que, en su abultada presencia, se altera nuestro entendimiento hasta hacernos creer que somos mejor de lo que creemos ser. Pero la auténtica verdad es que todos, sin excepción, en nuestro medio natural somos mucho, mucho mejores que estando adulterados. Ciertamente la adicción seduce, perversamente, nuestra autenticidad.

