Psicología de la supervivencia: utiliza tu resiliencia como tecnología

Artículo propiedad de  Alberto González Pascual

Aprender cómo funciona nuestro cerebro cuando la supervivencia está en juego no es algo que se enseñe en las guías docentes del sistema educativo ni se suele plantear entre las necesidades del sector empresarial.

29 ENE 2021 – 09:02 CET

Aprender cómo funciona nuestro cerebro cuando la supervivencia está en juego no es algo que se enseñe en las guías docentes del sistema educativo ni se suele plantear entre las necesidades del sector empresarial. Ha estado reservado a grupos profesionales especializados (militares, fuerzas de seguridad y sanitarios), lo que ha provocado que el crecimiento en la dotación de recursos para investigación y la difusión de una base general de conocimientos nunca se hayan valorado lo suficiente como para formar parte de una política prioritaria. Un error.

El descubrimiento de las diferentes vacunas contra la COVID19 representa para muchos ortodoxos de la ciencia otra demostración material de que la tecnología es el factor decisivo que mueve la historia del hombre hacia la salvación. Y que, por tanto, la inversión económica de los Estados y los mercados debería concentrarse, sin medias tintas ni remordimientos, en crear tipos de tecnología cuya aceleración les proporcione el suficiente poder como para que sean ellos quienes determinen el curso de los acontecimientos. Pero en estos tiempos difíciles se ha demostrado que las personas, para bien y para todo lo contrario, no actúan como una máquina programada para no equivocarse. Como les sucedió a nuestros ancestros, las creencias y la actitud emocional con la que nos enfrentamos a los fenómenos ya sean placenteros, ya nos causen horror o rechazo, continúa siendo tan determinante, o más, que la efectividad de los dispositivos que nos pueden ayudar a protegernos y mejorar nuestras expectativas en la vida.

Las múltiples crisis desencadenadas por la pandemia han terminado por colocar en primer plano aspectos etológicos relacionados con el modo en que tomamos nuestras decisiones y modificamos nuestras rutinas al confrontar con situaciones extremas o desafiantes que, además, no se desvanecen tras unas pocas semanas, pudiendo llegar a prologarse durante meses e incluso años (con el consiguiente impacto sobre nuestra resistencia psíquica, alterando los estados de ánimo, la respuesta social e incluso nuestra capacidad inmunológica). En consecuencia, un camino para recorrer por todos nosotros es el fortalecimiento de nuestra voluntad de resiliencia, para lo cual resulta impagable entender qué podemos esperar de nuestra mente y cuerpo cuando las cosas se ponen realmente feas

John Leach (catedrático de la Universidad de Oslo) ha dedicado su carrera a estudiar las reacciones de las personas en momentos culminantes de estrés. Entre las constantes que ha identificado destaca que la mayoría de las personas que sobreviven a desastres o accidentes de gravedad lo hicieron porque, durante el suceso, lograron recuperar la función cognitiva rápidamente, evaluando la situación con precisión y lanzando acciones dirigidas a objetivos para sobrevivir dentro de ella. No todos somos capaces y, sin duda, debe acompañarnos la suerte.

Es conveniente tomar conciencia de que tenemos una pulsión innata hacia la supervivencia de la que tiramos a diario. Nuestros fallos de adaptación crecen cuando salimos de los entornos que dominamos y nos embarcamos en otros en los que carecemos de experiencia. Así que, por un lado, tenemos un dispositivo de supervivencia intrínseca, es decir, aquel que guía nuestros actos cotidianos en situaciones que ahora nos parecen triviales, pero que necesitaron de un entrenamiento (un procesamiento correcto de información) para disminuir progresivamente el riesgo real que suponen para nuestra integridad (por ejemplo, cuando buscamos el momento idóneo de cruzar una carretera sin tomar un paso de cebra o a pesar de estar el semáforo en rojo). Y, por otra parte, ante fenómenos o coyunturas duras y extrañas que nos atraviesan sin referencias previas, activamos el dispositivo de supervivencia extrínseca. Ahí está comprendido el enigma que diferencia a un “superviviente” de otra persona que, a pesar de las apariencias, no es capaz de superar una prueba dramática a la que le someta la vida por sorpresa.

Cuando sufrimos un accidente con un vehículo, nos quedamos aislados en la montaña, o nos arrastra la marea impidiendo que lleguemos a la orilla, nuestro organismo bascula entre la movilización extrema de energía y la agudeza de los sentidos versus el agotamiento y la parálisis progresiva tanto de nuestro cuerpo como de la función ejecutiva de nuestro cerebro. Si descontamos el alcance del trauma fisiológico, algo que no podemos controlar, la cuestión capital sería despejar hacia qué lado de la balanza caerá el peso de nuestra resiliencia.

Para entenderlo mejor expondré, en primer lugar, el caso de estudio de Leach sobre los accidentes en paracaidismo: el once por ciento de los paracaidistas que fallecen en un accidente por problemas de apertura de su equipo son personas muy experimentadas Lo asombroso de estos casos es que se da la circunstancia adicional de que tampoco abren el de emergencia (son “muertes por no tirar”).

Las conclusiones de su análisis demostraron que, en el momento previo al salto, no hay diferencias de cognición entre novatos y expertos. Más tarde, en el momento del aterrizaje en tierra, los veteranos recobran su capacidad cognitiva el doble de rápido que los primerizos. Los problemas surgen durante la caída libre previa al planeo. En ese intervalo los fallos de cognición se igualan. Y finalmente emerge el clímax (cuando algo falla): nuestro buffer de memoria inmediata conectado a la memoria a largo plazo sufre desconexiones ejecutivas cuando se experimentan momentos de alarma. La posibilidad de disrupción en el vínculo sensorial que activa la secuencia de pasos memorizada para sobrevivir, y la función motora necesaria para ejecutarla, es lo que provoca que hasta un profesional pueda “olvidar” tirar de la anilla (se diría que sufrió una parálisis).

Por ello, entrenar al cerebro y al cuerpo con simulaciones realistas de esos momentos tan extenuantes es el único modo de predecir nuestra respuesta, y prevenirnos para que los dispositivos de supervivencia intrínsecos y extrínsecos puedan reconectarse a tiempo.

Prepararnos para una crisis severa de larga duración implica entender que nuestro organismo pasará por varias fases que hay que administrar para sobrevivir. Al principio, la mayoría comienza con fuerza ante la adversidad, aceptando una renuncia provisional a las conductas y reglas que utilizaba normalmente, pero esa aceptación es efímera. Si el alivio no llega tras un periodo razonable, sobreviene un retroceso o deterioro que, llegados a un punto de no retorno, supone un riesgo alto de que la persona se deje llevar hasta la muerte. La única alternativa es la ruptura radical con el modelo de comportamiento que aprendimos, lo que nos generará emociones de desamparo, negación, ira y miedo. Atravesar este purgatorio supone la antesala a que podamos iniciar una fase de recuperación desde la que adoptar nuevos comportamientos de supervivencia totalmente ajustados a la nueva realidad y sostenibles en el tiempo.

En último lugar, hay otra lección complementaria que pasa por cultivar el optimismo trágico (acuñado por Viktor Frankl, psiquiatra y superviviente de Auschwitz), un tipo de inteligencia que facilita el mantenimiento de la esperanza y encontrarle un sentido a la vida a pesar del dolor y la pérdida. La diferencia entre un “superviviente” y el que acepta la derrota no estriba en que el primero sufra con una menor intensidad. En realidad, experimenta el mismo tipo de desesperación. Su fuerza extra radica en que logra ver destellos de luz en mitad del caos y la oscuridad, y ese margen tan minúsculo le permite sostenerse.

La tecnología de la resiliencia busca y encuentra un significado positivo al trauma, abasteciéndose del talento creativo que poseemos para transformar en algo constructivo los aspectos negativos por los que atraviesa nuestra existencia. De ahí nace la esperanza radical: estar dispuestos a abandonar todo lo que ha formado nuestra visión de una vida deseada a cambio de sobrevivir y preservar la convicción de que, tras la disolución absoluta, volveremos a prosperar. Significa el inicio de otra historia.

 

La ola emocional

Nuestro estilo de vida ya no es el mismo que el de hace un año. El virus ha mutado nuestro modo de relacionarnos o de trabajar. El sentido de la vida es el cambio constante y la evolución surge como consecuencia de la superación de momentos difíciles. Salvo la muerte o las secuelas físicas, todo lo demás lo acabaremos superando. Ahora bien, muchas personas van a experimentar secuelas como consecuencia de estos meses intensos y transformadores. Secuelas que van a afectar a nuestros sentimientos, a las relaciones personales, a la autoestima y a las emociones que nos permiten vivir como seres humanos. Lo que incide en el cuerpo físico experimenta una respuesta inmediata del organismo (bajo el principio de acción-reacción); pero lo que afecta a nuestro estado mental-emocional, sus causas son acumulativas y sus efectos se empiezan a reflejar tiempo o mucho tiempo después (tal y como sucede con todo lo que vivimos en la infancia y que luego asoma en la madurez de la vida). En este sentido la ola que puede llegar a ser más devastadora es la emocional y, el simple hecho de desear que sea lo más inocua posible, no impide que sus daños sean los que se prevén. Hay decenas de estudios en toda Europa y en EEUU que ya han detectado repuntes destacables en afecciones serias como la ansiedad, la depresión y una pérdida importante de autoestima; todos ellos hijos del miedo y de la preocupación.

 

¿Cómo podemos afrontar esta ola? Con voluntad para aceptar el cambio, para emprender acciones que mitiguen el miedo y la inseguridad, con visión positiva (“se puede conseguir”), con ayuda de profesionales y expertos en el conocimiento del ser humano (ayuda que hay que pedir, no somos Superman) y con proyectos de futuro que nos ilusionen para seguir adelante, rompiendo la ola o, mejor aún, surfeándola.

 

Por unas razones u otras, millones de personas en nuestro país, vamos a tener que remar a contracorriente hasta que nos acostumbremos a que esa corriente pase a ser habitual. Tendremos que asentar nuevos hábitos, valoraremos en su justa y gran medida la relación social, humana, tierna, afectuosa. Otros deberemos ganarnos la vida con dedicaciones diferentes, reconvirtiendo nuestras capacidades, profesiones o negocios. Pero todos los que nos conjuremos y vacunemos, contra el virus y contra el pesimismo, saldremos adelante y dentro de unos años recordaremos estos tiempos, desde la perspectiva de una nueva estabilidad, valorando todo lo que fuimos capaces de conseguir.

 

Es tiempo de pensar, repensar, sentir, emocionarse, valorar lo que tenemos (dentro de lo que somos), sentirnos valiosos, disfrutar de los pequeños/grandes momentos, remar con energía y dejarnos ayudar cuando así sea preciso. Es tiempo de unión, de colaboración y de ilusión por progresar y salir adelante hasta que pasemos de la ola, al “hola, qué tal estás”.