Muchas veces pienso que en nuestro país el mayor déficit no es el económico. Salvando a las “supermegaestrellas”, para los ciudadanos de a pie la mayor carencia es el reducido nivel de autoestima, de reconocimiento de la valía de uno mismo que tenemos los españoles en general.
El dicho “dice” que la caridad bien entendida ha de empezar por uno mismo. Lo que significa que para poder aportar o dar a otros, primero tenemos que sentirnos fuertes en nosotros mismos. Si no, lo único que seremos capaces de dar es pena (que hay algunos que lo saben explotar muy bien) o derroches de agresividad que nacen en las fuentes de nuestro limitado reconocimiento personal.
¿Qué es para mí la autoestima? Me parece que es una mezcla entre el sentimiento u orgullo por aquello que hacemos bien, ser conscientes de que así es, y tratar de potenciarlo todo lo posible. Y ello junto a ser conscientes, también, de nuestras propias limitaciones para tratar de remediarlas en lo posible si es que ello nos puede hacer más fuertes y mejores de lo que somos. Esto sirve tanto para el mundo de las relaciones personales (con nuestra pareja, hijos, familiares y amigos) como para el ámbito laboral (nuestras competencias, habilidades y capacitaciones). Dicho de otro modo, para poder querer a otro, antes nos hemos debido querer a nosotros mismos. Sin egolatrías, sin creernos que somos el centro del universo; en nuestra justa medida, cada uno en función de sus capacidades que son las que permiten o dan al traste con las realidades.
En tiempos de mudanza como los que vivimos es más necesario que nunca ser capaces de distinguir bien en qué somos buenos y también reconocer nuestras limitaciones. En poder reconocer nuestras bondades es donde radica el sentimiento de tenernos en estima a nosotros mismos, de querernos, de apreciar por nosotros mismos y sin el necesario juicio de otros, qué es lo que nos hace valiosos, diferentes, dignos de reconocimiento y necesarios en nuestro entorno social con otros. No todos valemos para lo mismo y, por supuesto, no todos, más bien casi nadie, podemos ser “supermegaestrellas”. Es muy recomendable, en este sentido, ser conscientes de a qué podemos aspirar o a aquello que, persiguiéndolo y superándolo, nos puede hacer felices (que no siempre tiene por qué coincidir) y, sin hacer gala de ello, reconocerlo con normalidad ante nosotros mismos y también ante todos los que lo puedan llegar a percibir.
Cuando nos fustigamos infravalorándonos, estamos sembrando la desconfianza, la agresividad en muchos sentidos, el rechazo al otro (respecto al que me siento menor), la discordia, y el no ser capaces de aceptar los puntos de vista de los demás. En esta circunstancia el mundo es “malo” y peligroso, los demás sólo pretenden perjudicarnos y, como las lapas, cerramos nuestro mundo al exterior protegiendo todas las grandes debilidades que creemos tener. Nuestro mundo de relaciones se empobrece y, en muchos casos, se limita a los que vemos que están igual o peor que nosotros.
A ti que has tenido la paciencia de llegar a leer hasta aquí, te animo, como lo hago conmigo mismo, a que seas más consciente de todo lo bueno y grande que tienes que aportar a los demás. Te animo a que no te juzgues a sí mismo en función de tus posesiones o tus logros económicos o profesionales, más si los pretendes comparar con los “super”. Te animo a que cuando alguien que te estima reconozca tus bondades pienses que siempre puede ser mejor pero que partes ya de una situación privilegiada. Y piensa que para llegar a todo lo que quieras conseguir, antes tendrás que dar o que poner mucho para que así sea, y que eso sólo se consigue si antes te has reconocido a tí mismo como capaz de poder conseguirlo.

