«Las 3 dimensiones indisociables de la salud son cuerpo, mente y alma»
El médico y divulgador Mario Alonso Puig, que ofreció una charla durante el evento, defiende el entendimiento de la salud desde el análisis de sus 3 dimensiones: cuerpo, mente y el alma. Y es que “hablamos de 3 realidades que se pueden distinguir, pero están tan absolutamente interrelacionadas que no se pueden separar”. Por lo tanto, cada vez más especialistas, como él, consideran que el concepto tradicional de medicina, enfocado en la parte material y puramente anatómica y funcional de la persona, se va a transformar, materializándose “en una concepción de la salud cada vez más transversal”.
De hecho, numerosos estudios llevan demostrando décadas el poder de esta interrelación y de cómo el cuidado de una de esas tres dimensiones puede condicionar positivamente las demás. Eso sí, “el desconocimiento de la importancia de estos tres factores para lograr una vida más sana, próspera y feliz es todavía enorme tanto por parte de la población general como en el campo de la medicina”, afirma Puig. Por ello defiende que los tratamientos no deben focalizarse solo en el órgano concreto y su dimensión física, o sólo en el punto de vista psicológico, o sólo en aspectos espirituales que incluso rehúyen de lo anterior, sino que para realizarlos hay que mirar más allá y “tener en cuenta que estas 3 dimensiones están conectadas”.
LA SALUD EMOCIONAL: UN ELEMENTO CLAVE
Durante la jornada, Puig centró su intervención en cómo las emociones pueden llegar a afectar nuestra salud. Partiendo de las comprobaciones realizadas durante más de 40 años por la Universidad de Harvard, el especialista reafirmó que “uno de los factores más relevantes en la salud, y en la enfermedad, es el mundo emocional”. En esa línea, considera imprescindible aprender a gestionar nuestras emociones, pues aquellos que sostengan en el tiempo una emoción negativa pueden tener más posibilidades de enfermar, así como de curarse en el caso contrario.
En los últimos años, el desarrollo de la neurociencia (tanto la afectiva como la contemplativa) y la piscología positivista han ayudado mucho a entender cómo “un cambio emocional, anímico, puede generar un impacto profundo a nivel físico”. Eso sí, si bien es cierto que ha crecido mucho el interés social en este campo, “aún estamos en el despertar de un nuevo nivel de conciencia donde por fin empezamos a darle valor a una dimensión que nunca habíamos considerado”.

En esta línea, muchos estudios han conseguido demostrar cómo el hecho de trabajar aspectos anímicos de forma sostenida puede repercutir muy positivamente en nuestro bienestar. Por ejemplo, la práctica habitual de algo tan poco tangible como la gratitud “puede mejorar la hipertensión arterial y hacer más fácil el control de enfermedades como la diabetes”; o por ejemplo “el trabajo de la compasión, un ejercicio puramente mental, puede producir una reducción del volúmen de unos núcleos amigdalinos que son los que controlan el miedo y la ira”, afirma Puig apoyado en investigaciones realizadas por el famoso neurocientífico Richard Davidson.
Aun así considera que, debido a la herencia racionalista recibida, aún seguimos siendo ‘analfabetos emocionales’, afirma entre comillas. Por ello nos recomienda empezar a trabajar esta dimensión desde 3 reencuentros a nivel emocional: “con uno mismo, mejorando la autoestima al observarnos sin juzgarnos·, con los demás, asumiendo que uno no puede entender a la perfección el contexto en el que se mueve una persona, fomentando así la empatía y la compasión; y con la vida, entendiendo entre otras cosas que la naturaleza no es algo que esté a nuestro servicio”.
Y es que si conseguimos gestionar correctamente nuestras emociones podemos encontrar en ellas un gran aliado para nuestra salud no sólo emocional, sino también física y mental. Un muestra más de cómo se establece esta interrelación entre las 3 dimensiones y cómo está en nuestra mano cuidar cada una de ellas para poder disfrutar de una vida plena y saludable.
