
Una de las leyes de la asertividad dice que todos tenemos derecho a cambiar de opinión y yo digo que, con la ley en la mano, todos tenemos derecho a cambiar de vida, de sentido de vida, de amigos, de familia, de trabajo, de país, de ciudad, de pareja, de casa, de coche o de perfume. Podríamos pensar que, salvo los genes, podemos cambiar todo en nuestra existencia, pero ni eso es cierto; lo que sí que es cierto es que lo único que no podemos cambiar es la responsabilidad sobre nuestros hijos, más aún cuando dependen de nosotros. El resto es o puede ser mutable en función de nuestra propia evolución de vida.
Hay una máxima en economía y es que si un producto o un negocio funciona y funciona bien, no lo cambies; potencia que siga así, rindiendo en su máxima potencia. Si algún componente no funciona bien, cámbialo, haz una reforma, cambia la parte o las partes que no funcionan como debieran y si no funciona el conjunto, y la reparación no es posible, cambia la totalidad, porque cada día que pase vas a tener la sensación de que estás perdiendo la oportunidad de tener algo mejor. Si además hablamos de personas tenemos derecho a cambiar y a que nos cambien por otros mejores o más adecuados a los tiempos en que así lo sentimos.
Sí, tenemos el derecho a cambiar sobre todo cuando nosotros mismos, en nuestro interior, somos o nos sentimos diferentes de tiempos pasados. Es significativo que el cambio es una constante en nuestra vida pero lo rechazamos cuando es el otro el que cambia y nos sentimos excluidos o rechazados por ese cambio de la otra persona. Lo cierto es que no es un rechazo hacia el otro sino que tu progresión o tu evolución de vida ha tomado una dirección diferente del punto de partida que previamente se podía haber compartido.
En este escrito asocio cambio con evolución, en lo personal o en el ámbito profesional. Cambia, todo cambia, como cantara Mercedes Sosa y si tú cambias cambiarán tus modos, preferencias, entorno, ambiciones, quereres y todo lo que te motive a seguir viviendo o creciendo tendrá un componente nuevo, diferente. Por supuesto cambiar no significa, necesariamente, ir a mejor; sobre todo porque el concepto de mejor o peor es relativo, para cada uno de nosotros tiene unos matices, principios y/o exclusiones que hace que veamos ese cambio como evolución o como involución. Pero si tienes necesidad de cambiar debes hacerlo; permitir que la costumbre, la tradición, el qué dirán, los juicios de otros, las malas lenguas o los riesgos que se asumen, te impidan cambiar, no te lo perdonarás nunca en la vida. Más aún es posible que, al final, la necesidad de cambiar te empuje a hacerlo en tiempo y modo desafortunado; hay un tiempo para cada cosa y hay un tiempo para cada cambio.
La biología dice que el ser humano a partir de los 50 años se vuelve conservador, es decir que rechaza el cambio pues observa en él más riesgos que oportunidades de mejora. Jesucristo tenía 30 años cuando cambió el mundo. Alejado en el tiempo y en la influencia, los grandes cambios tecnológicos de este siglo han nacido de mentes treintañeras que han querido cambiar el marco de actuación, que han vislumbrado nuevas oportunidades y todos los que hubieran querido ser como ellos (ricos y famosos) les tildan de oportunistas, cuando tan sólo decidieron apostar por aquello en lo que creían, ni más ni menos.
Para terminar sólo señalar que el cambio por el cambio, sin sentido, puede convertirse en frivolidad o moda, pero que si sentimos la necesidad de cambiar entendamos porqué es y actuemos en consecuencia.

