Psicología de la supervivencia: utiliza tu resiliencia como tecnología

Artículo propiedad de  Alberto González Pascual

Aprender cómo funciona nuestro cerebro cuando la supervivencia está en juego no es algo que se enseñe en las guías docentes del sistema educativo ni se suele plantear entre las necesidades del sector empresarial.

29 ENE 2021 – 09:02 CET

Aprender cómo funciona nuestro cerebro cuando la supervivencia está en juego no es algo que se enseñe en las guías docentes del sistema educativo ni se suele plantear entre las necesidades del sector empresarial. Ha estado reservado a grupos profesionales especializados (militares, fuerzas de seguridad y sanitarios), lo que ha provocado que el crecimiento en la dotación de recursos para investigación y la difusión de una base general de conocimientos nunca se hayan valorado lo suficiente como para formar parte de una política prioritaria. Un error.

El descubrimiento de las diferentes vacunas contra la COVID19 representa para muchos ortodoxos de la ciencia otra demostración material de que la tecnología es el factor decisivo que mueve la historia del hombre hacia la salvación. Y que, por tanto, la inversión económica de los Estados y los mercados debería concentrarse, sin medias tintas ni remordimientos, en crear tipos de tecnología cuya aceleración les proporcione el suficiente poder como para que sean ellos quienes determinen el curso de los acontecimientos. Pero en estos tiempos difíciles se ha demostrado que las personas, para bien y para todo lo contrario, no actúan como una máquina programada para no equivocarse. Como les sucedió a nuestros ancestros, las creencias y la actitud emocional con la que nos enfrentamos a los fenómenos ya sean placenteros, ya nos causen horror o rechazo, continúa siendo tan determinante, o más, que la efectividad de los dispositivos que nos pueden ayudar a protegernos y mejorar nuestras expectativas en la vida.

Las múltiples crisis desencadenadas por la pandemia han terminado por colocar en primer plano aspectos etológicos relacionados con el modo en que tomamos nuestras decisiones y modificamos nuestras rutinas al confrontar con situaciones extremas o desafiantes que, además, no se desvanecen tras unas pocas semanas, pudiendo llegar a prologarse durante meses e incluso años (con el consiguiente impacto sobre nuestra resistencia psíquica, alterando los estados de ánimo, la respuesta social e incluso nuestra capacidad inmunológica). En consecuencia, un camino para recorrer por todos nosotros es el fortalecimiento de nuestra voluntad de resiliencia, para lo cual resulta impagable entender qué podemos esperar de nuestra mente y cuerpo cuando las cosas se ponen realmente feas

John Leach (catedrático de la Universidad de Oslo) ha dedicado su carrera a estudiar las reacciones de las personas en momentos culminantes de estrés. Entre las constantes que ha identificado destaca que la mayoría de las personas que sobreviven a desastres o accidentes de gravedad lo hicieron porque, durante el suceso, lograron recuperar la función cognitiva rápidamente, evaluando la situación con precisión y lanzando acciones dirigidas a objetivos para sobrevivir dentro de ella. No todos somos capaces y, sin duda, debe acompañarnos la suerte.

Es conveniente tomar conciencia de que tenemos una pulsión innata hacia la supervivencia de la que tiramos a diario. Nuestros fallos de adaptación crecen cuando salimos de los entornos que dominamos y nos embarcamos en otros en los que carecemos de experiencia. Así que, por un lado, tenemos un dispositivo de supervivencia intrínseca, es decir, aquel que guía nuestros actos cotidianos en situaciones que ahora nos parecen triviales, pero que necesitaron de un entrenamiento (un procesamiento correcto de información) para disminuir progresivamente el riesgo real que suponen para nuestra integridad (por ejemplo, cuando buscamos el momento idóneo de cruzar una carretera sin tomar un paso de cebra o a pesar de estar el semáforo en rojo). Y, por otra parte, ante fenómenos o coyunturas duras y extrañas que nos atraviesan sin referencias previas, activamos el dispositivo de supervivencia extrínseca. Ahí está comprendido el enigma que diferencia a un “superviviente” de otra persona que, a pesar de las apariencias, no es capaz de superar una prueba dramática a la que le someta la vida por sorpresa.

Cuando sufrimos un accidente con un vehículo, nos quedamos aislados en la montaña, o nos arrastra la marea impidiendo que lleguemos a la orilla, nuestro organismo bascula entre la movilización extrema de energía y la agudeza de los sentidos versus el agotamiento y la parálisis progresiva tanto de nuestro cuerpo como de la función ejecutiva de nuestro cerebro. Si descontamos el alcance del trauma fisiológico, algo que no podemos controlar, la cuestión capital sería despejar hacia qué lado de la balanza caerá el peso de nuestra resiliencia.

Para entenderlo mejor expondré, en primer lugar, el caso de estudio de Leach sobre los accidentes en paracaidismo: el once por ciento de los paracaidistas que fallecen en un accidente por problemas de apertura de su equipo son personas muy experimentadas Lo asombroso de estos casos es que se da la circunstancia adicional de que tampoco abren el de emergencia (son “muertes por no tirar”).

Las conclusiones de su análisis demostraron que, en el momento previo al salto, no hay diferencias de cognición entre novatos y expertos. Más tarde, en el momento del aterrizaje en tierra, los veteranos recobran su capacidad cognitiva el doble de rápido que los primerizos. Los problemas surgen durante la caída libre previa al planeo. En ese intervalo los fallos de cognición se igualan. Y finalmente emerge el clímax (cuando algo falla): nuestro buffer de memoria inmediata conectado a la memoria a largo plazo sufre desconexiones ejecutivas cuando se experimentan momentos de alarma. La posibilidad de disrupción en el vínculo sensorial que activa la secuencia de pasos memorizada para sobrevivir, y la función motora necesaria para ejecutarla, es lo que provoca que hasta un profesional pueda “olvidar” tirar de la anilla (se diría que sufrió una parálisis).

Por ello, entrenar al cerebro y al cuerpo con simulaciones realistas de esos momentos tan extenuantes es el único modo de predecir nuestra respuesta, y prevenirnos para que los dispositivos de supervivencia intrínsecos y extrínsecos puedan reconectarse a tiempo.

Prepararnos para una crisis severa de larga duración implica entender que nuestro organismo pasará por varias fases que hay que administrar para sobrevivir. Al principio, la mayoría comienza con fuerza ante la adversidad, aceptando una renuncia provisional a las conductas y reglas que utilizaba normalmente, pero esa aceptación es efímera. Si el alivio no llega tras un periodo razonable, sobreviene un retroceso o deterioro que, llegados a un punto de no retorno, supone un riesgo alto de que la persona se deje llevar hasta la muerte. La única alternativa es la ruptura radical con el modelo de comportamiento que aprendimos, lo que nos generará emociones de desamparo, negación, ira y miedo. Atravesar este purgatorio supone la antesala a que podamos iniciar una fase de recuperación desde la que adoptar nuevos comportamientos de supervivencia totalmente ajustados a la nueva realidad y sostenibles en el tiempo.

En último lugar, hay otra lección complementaria que pasa por cultivar el optimismo trágico (acuñado por Viktor Frankl, psiquiatra y superviviente de Auschwitz), un tipo de inteligencia que facilita el mantenimiento de la esperanza y encontrarle un sentido a la vida a pesar del dolor y la pérdida. La diferencia entre un “superviviente” y el que acepta la derrota no estriba en que el primero sufra con una menor intensidad. En realidad, experimenta el mismo tipo de desesperación. Su fuerza extra radica en que logra ver destellos de luz en mitad del caos y la oscuridad, y ese margen tan minúsculo le permite sostenerse.

La tecnología de la resiliencia busca y encuentra un significado positivo al trauma, abasteciéndose del talento creativo que poseemos para transformar en algo constructivo los aspectos negativos por los que atraviesa nuestra existencia. De ahí nace la esperanza radical: estar dispuestos a abandonar todo lo que ha formado nuestra visión de una vida deseada a cambio de sobrevivir y preservar la convicción de que, tras la disolución absoluta, volveremos a prosperar. Significa el inicio de otra historia.

 

 

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“La medicina va hacia una concepción de la salud cada vez más transversal”

«Las 3 dimensiones indisociables de la salud son cuerpo, mente y alma»

El médico y divulgador Mario Alonso Puig, que ofreció una charla durante el evento, defiende el entendimiento de la salud desde el análisis de sus 3 dimensiones: cuerpo, mente y el alma. Y es que “hablamos de 3 realidades que se pueden distinguir, pero están tan absolutamente interrelacionadas que no se pueden separar”. Por lo tanto, cada vez más especialistas, como él, consideran que el concepto tradicional de medicina, enfocado en la parte material y puramente anatómica y funcional de la persona, se va a transformar, materializándose “en una concepción de la salud cada vez más transversal”.

De hecho, numerosos estudios llevan demostrando décadas el poder de esta interrelación y de cómo el cuidado de una de esas tres dimensiones puede condicionar positivamente las demás. Eso sí, “el desconocimiento de la importancia de estos tres factores para lograr una vida más sana, próspera y feliz es todavía enorme tanto por parte de la población general como en el campo de la medicina”, afirma Puig. Por ello defiende que los tratamientos no deben focalizarse solo en el órgano concreto y su dimensión física, o sólo en el punto de vista psicológico, o sólo en aspectos espirituales que incluso rehúyen de lo anterior, sino que para realizarlos hay que mirar más allá y “tener en cuenta que estas 3 dimensiones están conectadas”.

LA SALUD EMOCIONAL: UN ELEMENTO CLAVE

Durante la jornada, Puig centró su intervención en cómo las emociones pueden llegar a afectar nuestra salud. Partiendo de las comprobaciones realizadas durante más de 40 años por la Universidad de Harvard, el especialista reafirmó que “uno de los factores más relevantes en la salud, y en la enfermedad, es el mundo emocional”. En esa línea, considera imprescindible aprender a gestionar nuestras emociones, pues aquellos que sostengan en el tiempo una emoción negativa pueden tener más posibilidades de enfermar, así como de curarse en el caso contrario.

En los últimos años, el desarrollo de la neurociencia (tanto la afectiva como la contemplativa) y la piscología positivista han ayudado mucho a entender cómo “un cambio emocional, anímico, puede generar un impacto profundo a nivel físico”. Eso sí, si bien es cierto que ha crecido mucho el interés social en este campo, “aún estamos en el despertar de un nuevo nivel de conciencia donde por fin empezamos a darle valor a una dimensión que nunca habíamos considerado”.

En esta línea, muchos estudios han conseguido demostrar cómo el hecho de trabajar aspectos anímicos de forma sostenida puede repercutir muy positivamente en nuestro bienestar. Por ejemplo, la práctica habitual de algo tan poco tangible como la gratitud “puede mejorar la hipertensión arterial y hacer más fácil el control de enfermedades como la diabetes”; o por ejemplo “el trabajo de la compasión, un ejercicio puramente mental, puede producir una reducción del volúmen de unos núcleos amigdalinos que son los que controlan el miedo y la ira”, afirma Puig apoyado en investigaciones realizadas por el famoso neurocientífico Richard Davidson.

Aun así considera que, debido a la herencia racionalista recibida, aún seguimos siendo ‘analfabetos emocionales’, afirma entre comillas. Por ello nos recomienda empezar a trabajar esta dimensión desde 3 reencuentros a nivel emocional: “con uno mismo, mejorando la autoestima al observarnos sin juzgarnos·, con los demás, asumiendo que uno no puede entender a la perfección el contexto en el que se mueve una persona, fomentando así la empatía y la compasión; y con la vida, entendiendo entre otras cosas que la naturaleza no es algo que esté a nuestro servicio”.

Y es que si conseguimos gestionar correctamente nuestras emociones podemos encontrar en ellas un gran aliado para nuestra salud no sólo emocional, sino también física y mental. Un muestra más de cómo se establece esta interrelación entre las 3 dimensiones y cómo está en nuestra mano cuidar cada una de ellas para poder disfrutar de una vida plena y saludable.

Si quieres ser productivo, ‘nadea’: dedica tiempo a no hacer nada  

Descansar el cerebro y soñar despiertos puede tener consecuencias muy positivas

SERGIO LOZANO

Un paseo por el bosque, un banco en un parque tranquilo, una siesta en una playa (no la Barceloneta, obviamente), contemplar la lluvia con una bebida caliente en la mano o algo tan sencillo como dejar volar la mirada en la parada del autobús. Dedicar una parte del día divagar, a perderse en las ensoñaciones, a no hacer literalmente nada, puede suponer una mejora en la salud de nuestras neuronas, necesitadas de un descanso que nuestra sociedad, hiperconectada y sobretecnologizada, se entesta en negar, sin pensar en los riesgos que esta actitud representa para nuestra salud.

Vivimos rodeados de estímulos, y no sólo eso, sino que consideramos esta sobreestimulación como un elemento positivo de nuestras vidas. No es casualidad que el exceso de actividades y la falta de tiempo destaquen como la principal causa de estrés en nuestro país, según indica un estudio elaborado por Cinfasalud en el 2017. Esta situación se repite en el ámbito laboral, donde el problema número uno es la sobrecarga de trabajo.

Nuestro cerebro necesita alimento, glucosa, oxígeno y también descanso

“Nuestro cerebro no es una máquina perfecta que puede trabajar indefinidamente sin repostar”, comenta Antonio Cano Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés. “Necesita alimento, glucosa, oxígeno y también descanso”, comenta Cano Vindel, quien también es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid. Asimismo alerta de que cuando al cerebro le falta alguno de estos elementos “se daña, como puede observarse en un ictus, donde falta el oxígeno, o en personas infraalimentadas, o entre quienes tratan de batir un récord de resistencia física o jugando a un videojuego”.

Pero ¿es posible defender el valor de tomarse un descanso, de no hacer nada, cuando lo que se alienta a diario, en todas partes, son las bondades de la productividad? A responder esta pregunta se dedica Andrew J. Smart en El arte y la ciencia de no hacer nada (Clave intelectual), donde defiende la importancia de echar el freno en nuestros quehaceres y dejar que la mente funcione, literalmente, “con el piloto automático”. Smart asocia esta práctica a la creatividad, y es por ello que pone como ejemplo a grandes pensadores como Descartes o Newton, que lograron sus principales descubrimientos (los ejes X e Y de las matemáticas el francés; la ley de la gravedad el inglés) mientras estaban holgazaneando. Más aún, encuentra un vínculo entre la relajación mental y la salud física, hasta el punto de preguntarse qué haríamos si supiéramos que mantenernos ociosos más horas al día puede añadir años a nuestra vida.

Sobrecargar de trabajo al cerebro puede entorpecer su labor, de ahí la importancia de efectuar descansos

Para justificar estas afirmaciones, Smart se basa en diferentes estudios que han demostrado la existencia de una zona del cerebro que únicamente se activa cuando permanecemos en un absoluto reposo mental: La red de estado de reposo. Esta red “interviene en los momentos en que se deja vagar la mente o se sueña despierto”, explica Smart. “Se activa cuando estamos echados en el césped una tarde de sol, cuando cerramos los ojos o cuando miramos por la ventana mientras estamos en el trabajo”. Es en estos momentos cuando el cerebro, que nunca se detiene, aumenta su organización y actividad. “Es probable que trabaje más cuando no estamos haciendo nada”, concluye Smart. Entre estos trabajos que lleva a cabo el cerebro cuando le aliviamos de otras cargas, destaca “la capacidad de reflexionar sobre nuestra situación actual, nuestro pasado y nuestro futuro”.

Asimismo recuerda que relajar la mente “da sustento al autoconocimiento, los recuerdos autobiográficos, procesos sociales y emocionales, y también a la creatividad”. Por el contrario, si el cerebro se pasa todo el día trabajando para solucionar los pequeños y grandes problemas cotidianos, “no le queda tiempo disponible para establecer nuevas conexiones entre cuestiones en apariencia inconexas, identificar patrones y elaborar nuevas ideas: en otras palabras, no le queda tiempo para ser creativo”.

Cuando al cerebro le aliviamos de otras tareas, puede reflexionar y da sustento al autoconocimiento y la creatividad

Estas actividades, o mejor dicho “no actividades”, que dan rienda suelta a la pereza tienen un nombre propio: Niksen. Se trata de un verbo holandés derivado del término niks, que significa literalmente “nada”. Así que podríamos traducirlo como “nadear”. Y nadear es lo que requiere el cerebro para poner sus ideas en orden. Pero para ello hace falta romper con unas normas sociales que ensalzan el aprovechamiento de todos los momentos del día a la vez que demonizan la pasividad. “Cuanto más eficientes somos”, explica Smart, “mayor es la presión de producir: se trata de un ciclo sin fin, que deriva de nuestra creencia de que el tiempo jamás debe perderse. No obstante el tiempo perdido no es un valor absoluto como la masa. Solo es posible perder tiempo en relación con un contexto”. Leer este artículo, por ejemplo, consume un tiempo que podría dedicarse a otras cosas.

Por otra parte, sobrecargar de trabajo al cerebro puede entorpecer su labor: “Quienes pueden ejecutar diversas tareas a la vez no pueden filtrar y eliminar información no pertinente porque su atención se encuentra sobrecargada con tareas que no está ejecutando”. “Los procesos cognitivos funcionan mejor cuando se inicia una jornada que al final de la misma” comenta al respecto Cano Vindel. “Sucede lo mismo en periodos más cortos durante la jornada laboral: Necesitamos charlar, tomar un café, ir al baño, darle un descanso al cerebro respecto a las funciones”. De lo contrario, explica, “se acumula tensión muscular y esa tensión puede llegar a producir dolor”.

Durante la infancia es de vital importancia disponer de tiempo libre, sin horarios ni responsabilidades

Estos condicionantes son igualmente importantes en el puesto de trabajo, donde la actitud de la empresa tiene mucho que decir a la hora de fomentar la productividad y, sobre todo, evitar el “presentismo”. “Puede haber empresas que favorecen el que haya rupturas, cambio de actividad, incluso actividades de ejercicio físico dentro de la jornada laboral, relajantes, de manejo de la atención tipo mindfulness”, explica Cano Vindel. “Otras creen que cuanto más tiempo esté el trabajador en su puesto de trabajo, mejor”. Pero no tiene por qué ser así, pues el trabajador puede en estos casos ofrecer “un rendimiento menor que el que tendría si estuviera descansado”.

En esta sociedad que nos anima a estar conectados, a no dejar de hacer cosas, resulta difícil desengancharse de la actividad, convertida en una suerte de droga que reclama mantener la mente ocupada todos los minutos del día. Así lo explica el doctor Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología en la Universitat Autònoma de Barcelona, que pone como ejemplo un experimento donde se dejó a varios voluntarios encerrados a solas con sus propios pensamientos, sin ninguna distracción a mano. El resultado de la experiencia fue que buena parte de los voluntarios (el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres) “prefirieron administrarse una descarga eléctrica de cierta intensidad antes que volver a repetirla”.

La actividad es una suerte de droga que reclama mantener la mente ocupada

A la gente le da un miedo espantoso pensar”, afirma Michael Harris. En su libro Solitud , este escritor y periodista canadiense desgrana los principales factores que impiden a las personas encontrar la tranquilidad en la sociedad actual. Y destaca de entre todas ellas la adicción a las tecnologías. “Casi la mitad de los estadounidenses duerme con el móvil en la mesita de noche, usándolo a modo de osito de peluche”. Harris avala esta afirmación con datos como que el 80% de las personas tiene el móvil en la mano a los 15 minutos de despertarse. Además, uno de cada cuatro encuestados no recordaba un solo momento del día en que no tuviese el móvil al alcance de la mano. “Aprovechar los espacios en blanco de la vida de las personas” advierte Harris “se ha convertido en una de las principales misiones de la modernidad”.

De esta forma olvidamos fácilmente que lo que hace el cerebro en ausencia de estímulos externos es “soñar despierto”. Y estas ensoñaciones, como ya hemos comentado, son imprescindibles para la buena salud de nuestros atosigados cerebros. “Cuando holgazaneamos, se establece una red amplia e inmensa en el cerebro que empieza a enviar y recibir información entre las regiones que la constituyen”, explica Andrew Smart. “Las mariposas salen a jugar cuando hay quietud y silencio: ante cualquier movimiento abrupto, se esfuman”.

Para gozar de salud mental en la adultez, podría ser necesario pasar más tiempo en la niñez sin hacer nada

Hablando de jugar, no se puede olvidar que esta necesidad de reposar la mente, de holgazanear y soñar despierto, existe desde la infancia. Sobrecargar a los menores con deberesextraescolares y horarios es, para Andrew Smart, un error, pues a esa edad se debería pasar el tiempo “corriendo al aire libre, compartiendo con amigos, sin hacer nada en especial”. “Los niños necesitan ‘apagar’ el mundo exterior durante una cantidad importante de tiempo todos los días, sin demandas ni expectativas” concluye, afirmando que “para gozar de salud mental en la adultez, podría ser necesario tener una niñez cuya mayor parte estuviera dedicada a soñar despiertos libremente, jugar si propósito y experimentar un goce irreflexivo”.

¿Habría descubierto Arquímedes su famoso teorema si no hubiera decidido relajarse con un baño? Y Einstein ¿Habría llegado a la teoría de la relatividad sin sus tranquilos paseos por el campus de Princeton? Cuidar de nuestro cerebro, darle un merecido descanso de vez en cuando puede marcar la diferencia entre tener una gran idea o dejarla escapar sin darnos cuenta, convencidos de que el esfuerzo puro y duro, combinado con la tecnología, nos llevarán a todas partes, cuando la realidad es que a veces lo mejor para lograrlo todo es no hacer nada.

La autoestima de la mujer: una cuestión de edad

Nosotras ganamos más confianza que los hombres conforme cumplimos años, pero comenzamos en peor posición

La confianza es una cuestión de largo recorrido. Los datos confirman que las mujeres ganamos más autoestima que los hombres conforme cumplimos años, aunque también es cierto que comenzamos en peor posición. Esta es la conclusión a la que llegan Jack Zenger y Joseph Folkman en un artículo publicado en junio en Harvard Business Review. La investigación que realizaron entre 8.655 personas, el 44% varones, revela que las mujeres tenemos menos autoestima y menos seguridad en nosotras mismas que los hombres hasta alcanzar los 40 años. A partir de entonces, la autoestima se equipara en ambos sexos. Las mujeres logramos nuestro cénit a los 60, logrando superar los niveles de confianza que reconocen los varones a esa edad.

La autoestima cambia a lo largo del tiempo, depende de cada persona y de las experiencias vividas, pero si analizamos el gráfico observamos que esa variación es mucho más acentuada en el sexo femenino. En términos generales, la autoestima en los hombres se incrementa en 8,5 puntos porcentuales desde los 25 a los 61 años, mientras que la de las mujeres aumenta en 29 puntos, tres veces más. Parece que, a nosotras, el proceso de querernos a nosotras mismas nos lleva algo más de tiempo, posiblemente por una autoexigencia excesiva que se traslada a muchos ámbitos de nuestra vida, como a la hora de solicitar una vacante en una empresa o un nuevo puesto de trabajo.

“A los hombres se les contrata por las expectativas, a las mujeres por los resultados”, explica la directora financiera de Facebook, Sheryl Sandberg, en base a su experiencia de contratación de equipos. El motivo se debe precisamente a los diferentes niveles de autoestima que tenemos. Por lo general, las mujeres necesitamos estar más seguras de que cumplimos con todos los requisitos que nos solicitan cuando aspiramos a un puesto. Podríamos decir que somos más prudentes. “Quizá no esté preparada todavía”; “Necesito saber más para lo que están pidiendo”; o “Total, si no me lo van a dar…”, son algunos de los comentarios que resumen lo que nos sucede. Evidentemente, en toda generalización hay excepciones, pero este freno suele ser más habitual entre mujeres, como demuestran Zenger y Folkman. Una tendencia que, personalmente, llevo observando desde hace años en los programas de talento femenino en los que participo.

Los hombres no parecen tener tantas reservas para dar el paso. Se muestran más seguros en su capacidad de aprender los requisitos que pudieran faltarles. Y tiene su sentido: cuanta más fe tengas en ti mismo, más capacidad personal expresarás ante las dificultades y ante tu posible aprendizaje.

En conclusión, el arte de aprender a quererse a uno mismo dura toda la vida. Cada persona vive su propio proceso, pero es una pena que las mujeres tengamos un punto de partida tan bajo. No tanto por la comparación con los hombres, sino por nosotras mismas. Nuestra autoexigencia durísima nos impide experimentar ciertas cosas, nos lleva a sufrir el síndrome del impostor con más frecuencia que los varones y hace que nos movamos peor en entornos ambiguos de negociación que requieren una alta confianza, como reconoce Iris Bohnet, profesora en la Universidad de Harvard. El objetivo consiste en conocer el punto de partida, darnos cuenta del recorrido de mejora que tenemos y comenzar a trabajar en ello sin demora por el simple placer de disfrutar de las ventajas de creer en una misma.

El amor como antídoto del miedo

Cuando estamos enamorados nuestra amígdala se relaja y nos sentimos más fuertes para afrontar situaciones difíciles

El filósofo indio Jiddu Krishnamurti afirmaba que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo. Las investigaciones en neurociencia lo confirman. Cuando amamos a alguien se relajan nuestros sistemas más antiguos de supervivencia. La amígdala es la zona de nuestro cerebro con más años de evolución, el lugar en el que se procesan las emociones básicas. En esta glándula están codificadas parte de nuestras respuestas más elementales ante el peligro: la huida, el ataque o el bloqueo. Es justamente lo que nos ocurre en un examen o en una reunión estresante en la que se nos olvida lo que íbamos a decir. Son respuestas ante el miedo o sus derivados. Sin embargo, esta aprensión tiene un antídoto. Diversos estudios han demostrado que, cuando estamos enamorados, nuestra amígdala se relaja y nos sentimos más fuertes para afrontar situaciones difíciles. Es decir, el amor nos ayuda a superar el miedo y a tomar decisiones más arriesgadas. Respuestas que en otras circunstancias no desarrollaríamos.

La experiencia amorosa no se circunscribe únicamente a las relaciones con otras personas, también son propósitos y compromisos que adquirimos. Por eso, cuando creemos en una causa o luchamos por algo que realmente nos llena, nos encontramos con más fuerzas para superar las dificultades. Así lo narro en el libro Nomiedo en la empresa y en la vida (Alienta, 2006) y así lo evidencian personas que han logrado auténticas proezas, como es el caso del británico Lewis Pugh.

El abogado Pugh, fiel defensor del medioambiente, se ha convertido en el mejor nadador en hielo del planeta. Con un simple bañador y sin traje de neopreno ha desafiado en el Polo Norte temperaturas inferiores a -1,5 grados (las aguas donde murieron las personas tras el accidente del Titanic estaban a 5 grados). Tal y como detalla en su primer libro autobiográfico, lo que le ayudó a superar el pánico a la hipotermia mortal, además de un increíble entrenamiento, fue el profundo convencimiento del motivo que le llevó a realizar semejante desafío. El amor por una causa: la defensa del medioambiente. Durante los casi 20 minutos que duró su recorrido a nado entre glaciares pidió que aparecieran las banderas de los países que le habían apoyado en su cruzada, recordó intensamente el amor hacia sus padres y el legado que quería dejar a las siguientes generaciones. Es la causa de Pugh, pero si pensamos en nosotros y en nuestros problemas cotidianos, ¿por qué motivo o por qué causa nos atreveríamos a superar nuestras dificultades más profundas?

El amor, además, se entrena. El psicoanalista alemán Erich Fromm ya lo explicó en su maravilloso libro El arte de amar, y así lo ha corroborado la neurociencia. Los seres humanos podemos incrementar nuestra capacidad amatoria mejorando la autocompasión y la atención plena. Se ha comprobado cómo los monjes que entrenan regularmente la meditación tienen diferentes frecuencias de las ondas alfa en el cerebro en comparación con el resto de los mortales. Esto les hace ver la vida de un modo más amable, sin tantos prejuicios hacia lo que les rodea. Esto supone una menor actividad de la amígdala y una mayor sensación de conexión con el resto de las personas. La buena noticia es que podemos ejercitarlo y, después de unas semanas de práctica, se puede observar cómo se generan nuevos circuitos en nuestro cerebro que incrementan a la larga nuestra capacidad amatoria. El amor no es tangible, no se puede medir, pero tampoco amamos en una proporción fija, sino que, paradójicamente, cuanto más aprendemos a aceptarnos y a querernos, más capacidad tenemos de amar.

Quizá la mejor manera de celebrar el próximo San Valentín es aprendiendo a querernos a nosotros mismos, a enamorarnos de una causa o de un propósito. Eso nos ayudará a amar mejor a otros y a superar nuestras propias dificultades.

Hasta que confiesan que sufrieron abusos sexuales en la infancia pasan unos 15 años

Un psicólogo advierte que un abuso se produce, precisamente, «porque alguien no vio lo que tenía que ver»

Los abusos sexuales en la infancia son una lacra en nuestra sociedad que requiere de muchos esfuerzos, tanto para prevenirlos como para denunciarlos. El problema es que los menores que lo padecen tardan tiempo en saber que son víctimas, puesto que sus agresores les adulan tanto y les hacen sentir que son personitas tan especiales, que no son conscientes de las terribles consecuencias, tanto físicas como emocionales y psicológicas, cuando descubren la verdad de las intenciones de «su persona de confianza».

«El 80% de los casos los abusos se producen por parte de alguien del entorno familiar»

Uno de los principales problemas de los niños que sufren abusos sexuales es, según apunta Manuel Hernández Pacheco, psicólogo y biólogo, autor de « ¿Por qué la gente a la que quiero me hace daño?», que «suelen pasar entre 15 y 20 años hasta que confiesan que han sido abusados». Tardan tanto tiempo por el miedo a romper su familia —puesto que en el 80% de los casos los abusos se producen por parte de alguien del entorno familiar—, a pensar que no le van a creer… «Pero también hay una razón neurológica: la mente, ante este tipo de hechos, es capaz de apartar estos sucesos del pensamiento; una parte sabe que ocurrió, pero otra lo niega».

Sin embargo, cuando se produce en el individuo un hecho de gran impacto en su vida —su primera relación sexual consensuada, un parto…— en su cerebro saltan todas las alarmas y, sin entender muy bien la razón, vuelven a revivir todos aquellos abusos sufridos años atrás.

Aún así, Hernández Pacheco matiza la mayoría de estas personas cuando acuden a consulta no lo hacen para reconocer que fueron víctimas de abusos, «sino por otro tipo de problemas como son anorexia, bulimia, adicción al alcohol, la cocaína, ataques de pánico… Es decir, por sufrir síntomas secundarios al propio abuso vivido. Han caído en adicciones para evadirse. Son el síntoma del problema que tienen detrás. Al tratar con ellos, descubrimos que fueron abusados, la verdadera razón de su adición posterior».

«Es como el celíaco o diabético, que siempre lo será, pero puede aprender a vivir con calidad de vida»

Para trabajar estos casos, este psicólogo reconoce que les hace entender a las víctimas que la situación pasada ya no se puede cambiar y hay que aprender a vivir con ello. Les reconforta saber que el que se tiene que esconder es el abusador, no el abusado. Su principal problema es la vergüenza social, y ante ellos mismos, y deben asimilar que sufrieron abusos que ellos no provocaron. «El problema no es tanto —aunque lo es— si hubo tocamientos o penetración, sino que atentaron contra su intimidad. Deben aprender a asimilarlo. Es como el celíaco o diabético, que siempre lo será, pero puede aprender a vivir con calidad de vida».

Hernández Pacheco anima a las víctimas a revertir su sufrimiento. «Una gran mayoría acude a centros como voluntarios para ayudar a otros menores que sufrieron abusos y, lejos de hacerles revivir su desgracia, les ayuda a fortalecerse, a hacerse sentirse muy valiosos ante los demás por su gran aportación».

Recomienda, por tanto, que las familias hablen a sus hijos para que tengan cuidado con quién van, con quién hablan, lo que les dicen… «porque un abuso se produce en un momento dado, precisamente, porque alguien no vio lo que tenía que ver. También hay que sospechar ante cambios repentinos de los menores: no quieren salir, tienen problemas con la comida, sufren trastornos obsesivos compulsivos… Hay que estar siempre muy alertas porque —reitera—, el 80% de los casos se producen en el entorno familiar… del que casi nunca se sospecharía».

El estrés y el cansancio hacen que ignoremos las señales gratificantes de nuestra vida

Estar en una de estas situaciones genera mayor atención a las señales de alrededor que nos son atractivas

S.F  MADRID

Estar estresado, cansado o, de alguna otra manera, tener limitada la capacidad cerebral hace más difícil ignorar las señales de alrededor que resultan gratificantes, según ha demostrado un experimento de la Universidad New South Wales de Sydney (Australia), publicado en la revista «Psychological Science».

Este experimento ha demostrado, por primera vez, que ignorar estas señales se hizo más difícil tan pronto como los participantes tuvieron que realizar una tarea y al mismo tiempo mantener otra información en su memoria. «Tenemos un conjunto de recursos de control que nos guían y nos ayudan a suprimir estas señales no deseadas de recompensa. Pero cuando se gravan esos recursos es cada vez más difícil ignorarlos», explican los investigadores.

Hasta ahora, se desonocía si la incapacidad general de la gente para ignorar las señales de recompensa es algo sobre lo que no se tiene control o si se utilizan los procesos de control ejecutivo para trabajar constantemente contra las distracciones. El control ejecutivo es un término para todos los procesos cognitivos que permite prestar atención, organizar la vida, concentrarse y regular las emociones.

Señales no deseadas

«Ahora que tenemos pruebas de que los procesos de control ejecutivo están desempeñando un papel importante en la supresión de la atención hacia señales no deseadas de recompensa, podemos empezar a considerar la posibilidad de fortalecer el control ejecutivo como una posible vía de tratamiento para situaciones como la adicción», aseguran estos científicos.

En el experimento, los participantes observaron una pantalla que contenía varias formas, incluyendo un círculo de colores. Se les dijo que podrían ganar dinero si lograban localizar y mirar la forma del diamante, pero que si miraban el círculo de colores (el distractor) no recibirían el dinero.

También se les dijo que la presencia de un círculo azul significaba que ganarían una mayor cantidad de dinero (si completan la tarea del diamante) que la presencia de un círculo naranja. Después, los científicos utilizaron el rastreo ocular para medir en qué parte de la pantalla miraban los participantes. Para manipular la capacidad de los participantes de controlar sus recursos de atención, les pidieron que realizaran esta tarea en condiciones de alta y baja carga de memoria.

En la versión de alta carga de memoria del experimento, se les pidió que memorizaran una secuencia de números además de localizar el diamante, lo que significa que tenían menos recursos de atención disponibles para concentrarse en la tarea del diamante. Para los participantes, resultó realmente difícil evitar mirar las pistas que representaban el nivel de recompensa (los círculos de colores), a pesar de que se les pagaba para que trataran de ignorarlas.

«Crucialmente, los círculos se volvieron más difíciles de ignorar cuando se le pidió a la gente que memorizara también los números: bajo una gran carga de memoria, los participantes miraban el círculo de colores asociado con la alta recompensa alrededor del 50 por ciento del tiempo, a pesar de que esto era totalmente contraproducente», indican los responsables del trabajo.

Mejorar comportamiento

Los hallazgos demuestran que las personas necesitan tener acceso total a los procesos de control cognitivo para tratar de suprimir las señales no deseadas de recompensa en el entorno. «Esto es especialmente relevante en circunstancias en las que la gente está tratando de ignorar las señales y mejorar su comportamiento, por ejemplo, consumiendo menos alcohol o comida rápida. Hay un fuerte vínculo conocido entre dónde está tu atención y lo que finalmente haces, así que si te resulta difícil enfocar tu atención lejos de las señales de recompensa, es aún más difícil actuar en consecuencia», concluyen.

Asimismo, indican que esto también explica por qué a las personas les puede resultar más difícil concentrarse en la dieta o en vencer una adicción si están bajo mucho estrés. «La preocupación constante o el estrés es el equivalente al escenario de carga de alta memoria de nuestro experimento, que impacta en la capacidad de las personas para utilizar sus recursos de control ejecutivo de una manera que les ayuda a manejar señales no deseadas en el entorno», determinan.

La biografía de los primeros años de la vida explica el desarrollo de la salud mental del adulto

El ambiente durante la infancia y la adolescencia puede influir en la forma de responder a los retos de la vida adulta

S. F.   MADRID

El cerebro humano es lo suficientemente complejo, sensible y vulnerable a su entorno social, para que los acontecimientos que tiene lugar durante la infancia y la pubertad puedan determinar la forma en la que una persona adulta responde a los retos de la vida. Sobre esta circunstancia, la investigadora del Cibersam y catedrática de la Universidad de Barcelona, Lourdes Fañanás Saura, destaca que «cualquier persona puede desarrollar un trastorno mental a lo largo de su vida» y afirma que «una de las claves se encuentra en cómo se desarrolla el cerebro durante la infancia».

«El cerebro se forma y madura durante los primeros años de vida y, por ello, los niños necesitan de una ambiente paterno-materno y social adecuado, para desarrollar unas funciones mentales sanas», explica la experta. Es decir, prosigue, «evolutivamente los seres humanos van a necesitar de unos padres que se ocupen de ellos, y les transmitan una representación del mundo desde que son unos recién nacidos y hasta la adolescencia que les permita posteriormente manejar adecuadamente la realidad en la que van a tener desenvolverse y sobrevivir».

«El cerebro de un niño se desarrolla gracias a los estímulos que recibe de sus padres y del ambiente que le rodea y, por ello, si fracasan, son anómalos –o patológicos en sí mismos-, el desarrollo cerebral se verá afectado, según las circunstancias propias de cada individuo, en mayor o menor medida», afirma la investigadora de Cibersam.

La Dra. Fañanás ahondará en esta y otras circunstancias que pueden influir a la hora de que un sujeto manifieste o no síntomas de un trastorno mental, el viernes -27 de septiembre-, en la conferencia titulada Infancia, biografía y Enfermedad Mental. Esta ponencia inaugurará el XXII Congreso Nacional de Psiquiatría que se está celebrando en el Palacio Euskalduna de Bilbao.

Un porcentaje de los pacientes con trastornos mentales atendidos por el sistema público de salud, presentan algún tipo de acontecimiento vital traumático o periodos de maltrato en su infancia que han influido en el desarrollo de los síntomas actuales. La forma de responder al estrés en la vida adulta puede verse influenciada por mecanismos biológicos que regulan la respuesta al estrés y que quedan alterados como consecuencia de esas vivencias infantiles. Según investigaciones desarrolladas por un estudio colaborativo entre distintos grupos de investigación del Cibersam, estos mecanismos alterados pueden quedar fijados mediante mecanismos epigenéticos e influir en la expresión futura de algunos genes esenciales en la regulación de la respuesta al estrés.

Una espiral de complicaciones

La biografía de los primeros años de la vida explica aspectos esenciales del desarrollo de la salud mental de una persona en la edad adulta. «Es como una espiral. Cuando un niño padece maltrato se desregulan muchos sistemas biológicos cerebrales y se modifica la conducta del niño. A modo de mecanismo de defensa frente al estrés, al miedo y a la falta de afecto; se ponen de manifiesto también distintos síntomas y el niño tiene dificultades para adaptarse a su entorno escolar; si esta situación no se reconoce a tiempo, la entrada en la pubertad y en la adolescencia es especialmente complicada y es común el contacto con las drogas, que actuarán como desencadenantes de cuadros clínicos con un pronóstico grave. Si su cerebro partía con cierta vulnerabilidad para desarrollar psicosis o estados depresivos, los manifestará; igualmente se desarrollan trastornos de conducta, adicciones o violencia que exponen al adolescente a muchas situaciones de riesgo y condicionarán completamente su vida adulta. Todo es longitudinal y biográfico en el ser humano», explica la catedrática de la Universidad de Barcelona.

La infancia y la adolescencia presentan factores, como los ya mencionados, que pueden influir en que se manifieste o no un trastorno mental, pero, ahora bien, «en la edad adulta también pueden darse circunstancias de diferente naturaleza que hagan que una persona con una infancia feliz o sana desarrolle un trastorno mental», concluye la doctora Fañanás.

El cerebro nos impide ver la fuerza de los argumentos que nos contradicen

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Los científicos observan un área cerebral que podría influir en que hagamos oídos sordos a otras opiniones

Si un amigo le dijera que acaba de ver un elefante rosa volando no le creería. Los elefantes no son rosas y no vuelan, por lo que usted necesita algo más que un supuesto testigo para cambiar su idea de cómo funciona el mundo. El cerebro rechaza de primeras información que contradice lo que usted ya sabe y así funciona bien, porque en la abrumadora mayoría de los casos está en lo correcto. Pero ¿qué ocurre cuando el argumento es bueno —no un elefante volador— y al menos deberíamos tenerlo en cuenta aunque nos contradiga? «Me da igual», respondería el cerebro.

El cerebro nos impide ver la fuerza de los argumentos que nos contradicenNo puedes convencer a un terraplanista y eso debería preocuparte

El cerebro nos impide ver la fuerza de los argumentos que nos contradicen¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados?

El cerebro nos impide ver la fuerza de los argumentos que nos contradicenLa posverdad está en tu cerebro

«¿Por qué hemos desarrollado un cerebro que descarta información perfectamente válida cuando esa información no se ajusta a su visión del mundo? Esto puede parecer un mal diseño que puede conducir a muchos errores de juicio. Entonces, ¿por qué no se ha corregido este fallo en el transcurso de la evolución humana?», se pregunta la neurocientífica Tali Sharot en The influential mind (La mente influyente, editorial Little Brown). Para tratar de responder a estas preguntas, Sharot, de la University College de Londres, ha realizado una serie de experimentos que mostrarían, de confirmarse, cómo el cerebro se niega a abrir la puerta cuando quien llama es una opinión que lo contradice, por muy convincente que pudiera ser.

En estos experimentos, se hacía jugar a los participantes en una especie de El precio justo con el coste de varios inmuebles. Se les muestra un precio y tienen que decidir si es mayor o menor y, después, decidir cuánto apuestan a que están en lo cierto: entre 1 y 60 centavos. De esta manera, se puede medir lo seguros que están de sus decisiones. Entonces, se les mostraba lo que había apostado su acompañante en el juego y se les daba la opción de cambiar la cantidad apostada, pero no el sentido de la apuesta. Para los científicos, no fue una sorpresa lo que observaron: cuando el otro sujeto les daba la razón, aumentaban la apuesta. Y si el otro estaba muy seguro, la aumentaban mucho más. Es decir, que tenían en cuenta la fuerza de la convicción del compañero cuando coincidían.

Sharot define el sesgo de confirmación como «buscar e interpretar datos de una manera que fortalezca nuestras opiniones preestablecidas»

Pero cuando el compañero apostaba lo contrario, no tenía tanta influencia y apenas reducían lo apostado. Lo más interesante es lo que ocurría cuando el compañero opinaba lo contrario y además apostaba mucho por esa opción, es decir, cuando su convicción transmitía mucha fuerza. En ese caso, seguía sin tener mucha influencia: daba igual la intensidad de la apuesta. «Descubrimos que cuando las personas no están de acuerdo, sus cerebros no logran registrar la fuerza de la opinión de la otra persona, lo que les da menos razones para cambiar de opinión», resume Andreas Kappes, investigador de la Universidad de la City de Londres y coautor de este estudio, que publica Nature Neuroscience. «Nuestros hallazgos sugieren que ni siquiera los argumentos más elaborados del otro lado convencerán a las personas más polarizadas porque el desacuerdo será suficiente para rechazarlo», asegura Kappes. Y añade: «El hecho de no observar la calidad del argumento opuesto hace que los cambios en la mente sean menos probables».

Estos científicos dieron un paso más allá en el entendimiento de este sesgo de confirmación, que Sharot, directora del Affective Brain Lab en la University College de Londres, define así: «Buscar e interpretar datos de una manera que fortalezca nuestras opiniones preestablecidas». Sharot y su equipo realizaron estos experimentos observando la actividad del cerebro de los participantes mediante resonancia magnética. Y pusieron el foco en una región muy concreta, la corteza prefrontal medial posterior, un área que se activa al escudriñar la confianza o la calidad de la evidencia que se nos presenta y luego nos lleva a cambiar nuestras creencias y opiniones de acuerdo con la calidad de esas pruebas. Si escucho a un médico confiado sugiriendo que debería comenzar el tratamiento, entonces la corteza prefrontal medial posterior rastrea la confianza del médico y me lleva a ajustar mi opinión en consecuencia: mi creencia de que debo tratarme aumenta, explica Kappes.

Preguntas sin respuesta

Al observar la actividad cerebral durante el experimento, vieron que cuando las personas estaban de acuerdo esa región del cerebro estudiaba el nivel de confianza de la otra persona, lo que llevaba a ajustar sus creencias de acuerdo con la confianza de la otra persona. «Sin embargo, cuando las personas no estaban de acuerdo el cerebro no lo hizo, dando a las personas pocas razones para cambiar de opinión», resume Kappes. ¿Por qué ocurre esto? «Nuestros hallazgos no brindan una respuesta a esa pregunta, solo ofrecen un mecanismo que subyace a la renuencia de las personas a cambiar de opinión», responde este psicólogo social. Sharot publicó un estudio este verano en el que descubrieron que la gente deja de realizar búsquedas en Internet cuando los primeros resultados proporcionan la información deseada, otra forma de sesgo de confirmación digital. «La tendencia conductual a descartar la información discrepante tiene implicaciones significativas para los individuos y la sociedad, ya que puede generar polarización y facilitar el mantenimiento de creencias falsas», afirma la científica.

«A la hora intentar alcanzar un consenso, busquemos un punto de partida en el que estemos de acuerdo, y a partir de ahí será más fácil», razona Martínez-Conde

«Este estudio es un buen primer paso para estudiar los mecanismos del sesgo de confirmación, porque encuentran una correlación con las diferencias en esta región del cerebro, pero esto sigue sin explicar esa discrepancia entre nuestra opinión y la evidencia que nos contradice», opina la neurocientífica Susana Martínez-Conde, especialista en estos autoengaños de la mente. «Seguimos sin saber el mecanismo neural; el hecho de encontrar actividad asociada no da una explicación, cualquier comportamiento va a estar basado en el cerebro, lo extraño sería que no se observara diferencia», apunta la directora del laboratorio de Neurociencia Integrada de la Universidad del Estado de Nueva York. Ella sí cree, no obstante, que se puede encontrar una respuesta en el cerebro «quizá no con estas herramientas actuales, pero a nivel teórico el mecanismo neural tiene una respuesta física que debemos poder observar».

Pero Martínez-Conde es optimista sobre lo que muestran estos experimentos. «Los resultados no son tan alarmantes: las opiniones negativas influyen, aunque mucho menos, aunque no tienen el mismo peso, pero sí las consideramos mínimamente. Es un comienzo», asegura. Al desarrollar su argumento, Martínez-Conde coincide con lo que asegura Tali Sharot en su libro: «Los números y las estadísticas son necesarios y maravillosos para descubrir la verdad, pero no son suficientes para cambiar las creencias, y son prácticamente inútiles para motivar la acción». La mejor forma de abordar este sesgo de confirmación es plantear los argumentos envueltos en una narrativa que implique que se está de acuerdo. Como si en el experimento hubieras votado lo mismo, porque es cuando sí se atienden los argumentos del otro. «A la hora de intentar alcanzar un consenso, busquemos un punto de partida en el que estemos de acuerdo, y a partir de ahí será más fácil moderar las opiniones de los demás», razona Martínez-Conde.

TRUMP Y LAS ESTACIONES TOZUDAS

«Escuchamos lo que queremos oír y lo que no, lo descartamos: no le damos el mismo peso a las opiniones que nos contradicen», afirma Susana Martínez-Conde sobre los resultados del estudio que publica Nature Neuroscience y en el que ella no ha participado. Pero añade: «El problema del sesgo de confirmación es bastante más amplio y profundo que unas posturas ideológicas». Para ilustrarlo, recurre a un experimento de su colega Matthew Schneps, que ha trabajado en la resistencia para cambiar las propias ideas erróneas con respecto a los conceptos de astronomía básica. Gran parte de los graduados de Harvard creían que las estaciones se producen por la cercanía al Sol y no por la inclinación de la Tierra. Schneps descubrió que, aunque se corrigiera el error sin que los participantes opusieran resistencia, al cabo del tiempo volvían de nuevo a su explicación equivocada inicial. «Creo que hay unos periodos críticos en los que la solidez de las sinapsis convierten en algunos circuitos casi en algo inamovible», asegura Martínez-Conde. «Por eso tenemos que buscar nuevas herramientas», añade, «porque tal y como lo hemos llevado hasta ahora no está funcionando».

Pero unos investigadores de la Universidad de Londres sí han descubierto un caso en el que estamos dispuestos a aceptar datos que nos contradicen: cuando esos datos respaldan lo que queremos creer. Cuando en agosto de 2016 le preguntaban a futuros votantes de Donald Trump quién creían que iba a ganar las presidenciales, la mayoría apostaban por Hillary Clinton, con parecida convicción a la de los votantes demócratas. Cuando se les mostraba una encuesta que apoyaba esa idea, su apuesta no cambiaba gran cosa. Pero cuando les enseñaban una encuesta que daba ganador a Trump, los republicanos sí estaban dispuestos a darle la vuelta a su opinión. Aunque opinaban que ganaría Clinton, querían que ganara Trump, por lo que sus cerebros reciben con los brazos abiertos un dato en ese sentido.

Javier Salas Diario EL PAÍS  23 Diciembre 2019.