Que llega septiembre: Preparados, listos, ¡Ya!!

Desde el ecuador del verano me quiero plantear a mí mismo una serie de reflexiones, lo más refrescantes posibles, para activar mi cuerpo y mi mente de cara al próximo mes de septiembre.

En este sentido quiero compartir contigo estos pensamientos, por si fueran de tu interés. Lo que me planteo es lo siguiente: ¿cómo voy a afrontar el final de año? Termina el verano, he podido disfrutar de unas vacaciones y ahora necesito prepararme para el futuro inmediato, visionando el final de año y cómo quiero trabajar mi mente, mis emociones, mis sentimientos, como quiero planificar mi tiempo y mi predisposición para cerrar un buen año en todos los sentidos posibles.

En primer lugar está mi cuerpo, tengo que cuidarlo un poco más, ¿quizá en las vacaciones ha habido determinados excesos que tengo que corregir?; ¿El soporte de mi mente está fuerte? ¿Tengo que actualizarlo o resetearlo? ¿Considero que está en buenas condiciones o debiera activar alguna medida para que siga siendo útil al conjunto de mi personalidad? En segundo lugar, mi mente, mis emociones, ¿cómo me siento conmigo mismo?  ¿Me siento con energía? ¿Me siento querido y tengo la oportunidad de querer a la vez? ¿Quiero con toda la intensidad de la que soy capaz? ¿No hay ningún tipo de nube en mi estado emocional que me impida sentir cierta plenitud?, ¿Tengo que entrenar mi mente para ser más ágil, más eficiente, estar más capacitada para los retos que van a venir en este otoño próximo?, ¿Cómo podría sanear mi mente, mi estado anímico, para sentirme pleno?, ¿Qué tendría que pasar y, sobre todo, qué tendría que hacer para poderlo conseguir?, ¿Hay algún reto intelectual o emocional que deba superar?, ¿Cómo están las relaciones con mi familia más próxima y sobre todo con mi pareja? ¿Me siento como si estuviera más unido que nunca a ella? Porque eso es lo que debo de sentir. ¿Qué necesito aprender o reaprender?, ¿Qué destrezas, habilidades, conocimientos o cambios actitudinales necesito mejorar para seguir progresando en mi vida personal y profesional? Y, mi cerebro, mi cerebro primitivo, el que se supone que siente los miedos, las angustias, la ansiedad, el deseo incontrolado… ¿cómo está?, ¿Debo estar alerta con él o lo tengo bien controlado? Finalmente, mis proyectos, ¿qué proyectos personales y profesionales tengo en mente?, ¿Los tengo escritos, necesito escribirlos o simplemente estoy trabajando en ellos y lo único que debo hacer es continuarles? ¿Debo sentir y experimentar en el conjunto de mí mismo si estoy preparado listo y dispuesto para que en el momento en que comience la carrera me sienta cómodo, fuerte, energético y con ganas? Porque el resultado de la misma va a depender de todo ello; al final mi objetivo es el de vivir una vida en plenitud, no con planitud, lo plano es aburrido, es fácil, es cómodo, no tiene ningún interés; lo plano es una continuidad hasta el infinito y más allá en la que, simplemente, no hacemos nada por cambiar, por evolucionar. La plenitud implica crecimiento, para eso estamos aquí, para eso vivimos para crecer y evolucionar.

Estas son mis reflexiones, que he compartido contigo y que espero te resulten de utilidad, tanto para ti como lo están siendo para mí.

Que sigamos teniendo un buen verano, que carguemos bien las pilas para afrontar, y nunca enfrentar, el tiempo que tenemos por delante. ¡Buen verano!

Sedados

Estoy leyendo el libro «Sedados» del psicólogo británico James Davies. El libro se acaba de publicar con un amplio estudio sobre las repercusiones de los tratamientos para la salud mental que se están llevando a cabo en el Reino Unido en los últimos años.

Adjunto un breve extracto de la publicación, pues considero que puede tener un gran interés para muchas de las personas que siguen con asiduidad las publicaciones de este blog:

«En Gran Bretaña, casi una cuarta parte de la población adulta toma un medicamento psiquiátrico al año, lo que supone un aumento de más del 500% desde 1980 y las cifras siguen creciendo. Sin embargo, a pesar de esta epidemia de prescripción, los niveles de enfermedades mentales de todo tipo han aumentado en número y gravedad. El Dr. James Davies sostiene, a partir de una gran cantidad de estudios, entrevistas con expertos y análisis detallados, que esto se debe a que hemos caracterizado el problema de forma fundamentalmente errónea. Muchas de las personas a las que se les diagnostica y prescribe medicación psiquiátrica no padecen problemas biológicamente identificables. En cambio, experimentan las comprensibles y, por supuesto, dolorosas consecuencias humanas de las dificultades vitales: rupturas familiares, problemas en el trabajo, infelicidad en las relaciones, baja autoestima. Hemos adoptado un modelo médico que sitúa el problema únicamente en la persona que lo sufre y en su cerebro. Para estas personas se ha producido un desequilibrio en la disposición de ayuda en el que te ofrecen una infinidad de intervenciones farmacéuticas y médicas frente a las terapias basadas en la conversación y la prestación psicológica social, que pueden facilitar mejor el cambio significativo y la recuperación. Según el Dr. Davies, «al sedar a las personas sobre las causas y soluciones de su angustia socialmente arraigada -tanto literal como ideológicamente-, nuestro sector de la salud mental ha acallado el impulso de la reforma social, lo que ha distraído a las personas de los verdaderos orígenes de su desesperación, y ha favorecido resultados principalmente económicos, al tiempo que ha presidido los peores resultados de nuestro sistema sanitario».

La conclusión fundamental que plantea el libro es que, en los últimos 40 años, se ha abusado de los tratamientos con fármacos para solventar dificultades de personalidad que, en muchos casos, se pudieran haber resuelto con medios con menor injerencia para nuestro cuerpo.

Personalmente defiendo que la resolución de los problemas de personalidad y de comportamiento, siempre que sea posible, nos debe permitir sanar nuestra mente sin perjudicar a nuestro cuerpo para conseguir un «corpore sano in mens sana»

Recomiendo la lectura del libro «Sedados» para ser Sanados del mejor modo posible.

¿Cómo puedo ayudar a otras personas?

En primer lugar debo agradecer a todas las personas (cada vez son más) que visitan la página web de  Re-encontrarte; es digno de reconocimiento pues estimula a seguir adelante en este esfuerzo divulgador. MUCHAS GRACIAS a todos.

Dicho lo anterior quisiera difundir un aspecto que es esencial en el trabajo de apoyo y ayuda a tantas personas que lo están necesitando y es el de que puedan conocer los beneficios de una buena terapia (de una consultoría personal, como yo lo denomino) con el fin de que sepan y sientan que otros, en su misma situación, han podido salir adelante y superar todas las limitaciones previas.

Lo cierto es que, tras muchos años apoyando a tantas personas, en ámbitos muy diferentes, además del desconocimiento de la existencia de personas que ayudamos a personas, el mayor escollo que limita conseguir el objetivo de liberar a la persona de las cadenas que le oprimen, es el querer resolver. Es decir, si por comodidad, por falta de esperanza, por sensación de inferioridad (de que otro te ayude), por incredulidad o por cualquier otra sensación que tenga la persona, decide seguir instalado en su pena, lamentablemente, no se puede conseguir nada. Querer es poder, siempre ha sido así y no querer es no poder; si no quieres cambiar, si no quieres liberarte de las ataduras del pasado, no hay nada que hacer. Ahora bien, si se quiere, con un buen terapeuta, se consigue resolver cualquier aspecto. Sucede además que, casi siempre, la limitación está oculta en el subconsciente de la persona y ésta sabe que existe pero no logra identificarla y, por tanto, resolverla.

Seguro que conoces a personas de tu entorno cercano (familia, amigos o trabajo) a las que les resultaría muy valioso saber que sus insatisfacciones personales o profesionales se pueden resolver con ayuda, sin demasiada complejidad y ejecutado de una forma sencilla y relativamente rápida. Por tanto te invito a que, si en tu caso se han dado estas circunstancias, hables con esas personas, les aportes ánimo y convencimiento de que pueden resolver  y la información del modo en que lo pueden conseguir. De este modo entrarías a formar parte de la cadena colaborativa que, sobre todo, ayude y oriente a buenas personas que tanto lo necesitan.

Esta es la reflexión que quería compartir contigo de modo que , con tu experiencia de vida, puedas ayudar a otras personas. Muchas gracias.

La caridad bien entendida…

Muchas veces pienso que en nuestro país el mayor déficit no es el económico. Salvando a las “supermegaestrellas”, para los ciudadanos de a pie la mayor carencia es el reducido nivel de autoestima, de reconocimiento de la valía de uno mismo que tenemos los españoles en general.

El dicho “dice” que la caridad bien entendida ha de empezar por uno mismo. Lo que significa que para poder aportar o dar a otros, primero tenemos que sentirnos fuertes en nosotros mismos. Si no, lo único que seremos capaces de dar es pena (que hay algunos que lo saben explotar muy bien) o derroches de agresividad que nacen en las fuentes de nuestro limitado reconocimiento personal.

¿Qué es para mí la autoestima? Me parece que es una mezcla entre el sentimiento u orgullo por aquello que hacemos bien, ser conscientes de que así es, y tratar de potenciarlo todo lo posible. Y ello junto a ser conscientes, también, de nuestras propias limitaciones para tratar de remediarlas en lo posible si es que ello nos puede hacer más fuertes y mejores de lo que somos. Esto sirve tanto para el mundo de las relaciones personales (con nuestra pareja, hijos, familiares y amigos) como para el ámbito laboral (nuestras competencias, habilidades y capacitaciones). Dicho de otro modo, para poder querer a otro, antes nos hemos debido querer a nosotros mismos. Sin egolatrías, sin creernos que somos el centro del universo; en nuestra justa medida, cada uno en función de sus capacidades que son las que permiten o dan al traste con las realidades.

En tiempos de mudanza como los que vivimos es más necesario que nunca ser capaces de distinguir bien en qué somos buenos y también reconocer nuestras limitaciones. En poder reconocer nuestras bondades es donde radica el sentimiento de tenernos en estima a nosotros mismos, de querernos, de apreciar por nosotros mismos y sin el necesario juicio de otros, qué es lo que nos hace valiosos, diferentes, dignos de reconocimiento y necesarios en nuestro entorno social con otros. No todos valemos para lo mismo y, por supuesto, no todos, más bien casi nadie, podemos ser “supermegaestrellas”. Es muy recomendable, en este sentido, ser conscientes de a qué podemos aspirar o a aquello que, persiguiéndolo y superándolo, nos puede hacer felices (que no siempre tiene por qué coincidir) y, sin hacer gala de ello, reconocerlo con normalidad ante nosotros mismos y también ante todos los que lo puedan llegar a percibir.

Cuando nos fustigamos infravalorándonos, estamos sembrando la desconfianza, la agresividad en muchos sentidos, el rechazo al otro (respecto al que me siento menor), la discordia, y el no ser capaces de aceptar los puntos de vista de los demás. En esta circunstancia el mundo es “malo” y peligroso, los demás sólo pretenden perjudicarnos y, como las lapas, cerramos nuestro mundo al exterior protegiendo todas las grandes debilidades que creemos tener. Nuestro mundo de relaciones se empobrece y, en muchos casos, se limita a los que vemos que están igual o peor que nosotros.

A ti que has tenido la paciencia de llegar a leer hasta aquí, te animo, como lo hago conmigo mismo, a que seas más consciente de todo lo bueno y grande que tienes que aportar a los demás. Te animo a que no te juzgues a sí mismo en función de tus posesiones o tus logros económicos o profesionales, más si los pretendes comparar con los “super”. Te animo a que cuando alguien que te estima reconozca tus bondades pienses que siempre puede ser mejor pero que partes ya de una situación privilegiada. Y piensa que para llegar a todo lo que quieras conseguir, antes tendrás que dar o que poner mucho para que así sea, y que eso sólo se consigue si antes te has reconocido a tí mismo como capaz de poder conseguirlo.

No hace falta tocar fondo para pedir ayuda

Una de las circunstancias más habituales con la que me encuentro, al tratar con determinadas personas, es que sólo pedimos ayuda cuando llegamos al límite de nuestras fuerzas o capacidad de aguante.

A las personas nos cuesta entender que no es lo mismo soportar una determinada presión sicológica, ambiental, familiar, de pareja o laboral, con veinte años que con cincuenta o sesenta; las fuerzas comienzan a flaquear en base a la erosión que vamos sufriendo con el paso del tiempo, padeciendo las mismas inclemencias, ataques, achaques y manipulaciones, por parte de otras personas o por nosotros mismos. El tiempo, dicen que lo cura todo, pero también empeora lo que, en su momento, no se llegó a enderezar. El tiempo, cuando va en nuestra contra, nos debilita, hace que nuestra capacidad de aguante se vea disminuida, nuestros órganos vitales (comenzando por el cerebro, siguiendo por el corazón y todos los demás) se vayan viendo afectados en un desgaste constante, hasta que se produce la ruptura, la caída, el desastre, la enfermedad o cualquier tipo de padecimiento que, en muchas circunstancias, acaba siendo irreversible.

¿Qué nos pasa en estas situaciones? Si tenemos una vida compleja, complicada, insatisfactoria, una vida truncada por abusos, ausencia de afectos, carencias emocionales, complejos, frustraciones, abandonos, manipulaciones, chantajes emocionales y toda una suerte de agresiones exteriores, y no conseguimos liberarnos de ello, cuanto más tiempo estemos en manos de esa fuerza devastadora, menos oportunidades tendremos de librarnos de un final irremediable. Antes de que esa situación llegue, antes de que nos rompamos, tenemos la posibilidad de que alguien nos brinde su ayuda, su consejo, su orientación o una guía personal o profesional que nos permita salir adelante. Muchas veces ocultamos o no queremos ver esta situación compleja en la que vivimos, huimos de nuestra realidad pensando que así no nos afecta y cada vez nos va minando con más intensidad. El autoconocimiento es esencial en este punto, el ser transparentes con nosotros mismos y evidenciarnos lo que nos sucede, enfrentarnos a ello y si no podemos abordarlo sólos, pedir ayuda. Pocas cosas hay tan satisfactorias como pedir ayuda y recibirla; sólo lo gana el que te la pidan y seas capaz de darla (la ayuda).

Lo que ahora quiero compartir contigo es que no necesitamos llegar hasta el borde del precipicio para pedir esa ayuda; no es preciso malvivir o sobrevivir con la carga pesada de lo que nos limita hasta que las fuerzas se nos agoten, antes de tocar ese fondo maldito (que debiera ser intocable) tenemos que levantar la mano, pedir esa ayuda necesitada, dejarnos ayudar y salir a flote con el salvavidas puesto. La vida es todo lo imperfecta que nosotros le dejemos ser, con independencia de que ella misma se encargue de complicarnos la existencia pero, en cualquier caso, vivir es un hecho maravilloso, vivir sintiéndonos queridos, valiosos, importantes, eso es lo más grande que podemos experimentar y que, cuando se trunca, por cualquier circunstancia, debemos ser capaces de afrontarlo, para cambiar un rumbo inadecuado, solos o ayudados por otros.

No hay que tocar fondo, tan sólo hay que ser consciente de que necesitamos esa ayuda, pedirla, tener la fortuna de poder recibirla y seguir adelante y si es sin heridas, sin residuos, sin rastros tóxicos del pasado, mejor que mejor.

La ola emocional

Nuestro estilo de vida ya no es el mismo que el de hace un año. El virus ha mutado nuestro modo de relacionarnos o de trabajar. El sentido de la vida es el cambio constante y la evolución surge como consecuencia de la superación de momentos difíciles. Salvo la muerte o las secuelas físicas, todo lo demás lo acabaremos superando. Ahora bien, muchas personas van a experimentar secuelas como consecuencia de estos meses intensos y transformadores. Secuelas que van a afectar a nuestros sentimientos, a las relaciones personales, a la autoestima y a las emociones que nos permiten vivir como seres humanos. Lo que incide en el cuerpo físico experimenta una respuesta inmediata del organismo (bajo el principio de acción-reacción); pero lo que afecta a nuestro estado mental-emocional, sus causas son acumulativas y sus efectos se empiezan a reflejar tiempo o mucho tiempo después (tal y como sucede con todo lo que vivimos en la infancia y que luego asoma en la madurez de la vida). En este sentido la ola que puede llegar a ser más devastadora es la emocional y, el simple hecho de desear que sea lo más inocua posible, no impide que sus daños sean los que se prevén. Hay decenas de estudios en toda Europa y en EEUU que ya han detectado repuntes destacables en afecciones serias como la ansiedad, la depresión y una pérdida importante de autoestima; todos ellos hijos del miedo y de la preocupación.

 

¿Cómo podemos afrontar esta ola? Con voluntad para aceptar el cambio, para emprender acciones que mitiguen el miedo y la inseguridad, con visión positiva (“se puede conseguir”), con ayuda de profesionales y expertos en el conocimiento del ser humano (ayuda que hay que pedir, no somos Superman) y con proyectos de futuro que nos ilusionen para seguir adelante, rompiendo la ola o, mejor aún, surfeándola.

 

Por unas razones u otras, millones de personas en nuestro país, vamos a tener que remar a contracorriente hasta que nos acostumbremos a que esa corriente pase a ser habitual. Tendremos que asentar nuevos hábitos, valoraremos en su justa y gran medida la relación social, humana, tierna, afectuosa. Otros deberemos ganarnos la vida con dedicaciones diferentes, reconvirtiendo nuestras capacidades, profesiones o negocios. Pero todos los que nos conjuremos y vacunemos, contra el virus y contra el pesimismo, saldremos adelante y dentro de unos años recordaremos estos tiempos, desde la perspectiva de una nueva estabilidad, valorando todo lo que fuimos capaces de conseguir.

 

Es tiempo de pensar, repensar, sentir, emocionarse, valorar lo que tenemos (dentro de lo que somos), sentirnos valiosos, disfrutar de los pequeños/grandes momentos, remar con energía y dejarnos ayudar cuando así sea preciso. Es tiempo de unión, de colaboración y de ilusión por progresar y salir adelante hasta que pasemos de la ola, al “hola, qué tal estás”.

 

Vamos a necesitar mucha ayuda

En estos últimos dos días estamos experimentando las primeras sensaciones de que todo lo vivido, en estas siete semanas de confinamiento, está a punto de terminar. Ayer han podido salir los niños a la calle, el dos de mayo podremos salir a pasear y el diez de mayo terminará esta primera fase de confinamiento. Afortunadamente los contagios se reducen, los muertos también y, por tanto, la fase de shock inicial parece que cede gracias a los esfuerzos de todos. La salud, que es factor fundamental de la vida, parece que lo estamos empezando a controlar y esto nos da una cierta tranquilidad y es muy bueno que así sea. Ahora bien, en breve vamos a pasar someternos a los rigores de dos nuevas oleadas de alarma, la económica y la sicológica y de relación con los demás y con nosotros mismos.

La crisis económica que el COVID-19 va a provocar en muchos de nosotros seguro que no tiene parangón en lo que hemos vivido hasta ahora en los últimos 60 ó 70 años. Sería muy ingenuo pensar que el parón de dos meses en la economía, y el que van a sufrir determinados sectores de la actividad económica (hostelería, turismo, ocio compartido, etc.), no va a provocar la desaparición de empresas, de puestos de trabajo y una revisión completa del comportamiento de consumo de todos nosotros (a menor consumo, menos producción, menos inversión y menor riqueza para todos). Vamos a tener que remangarnos bien para remar y remar durante dos años, unos más que otros.

Pero también va a tener grandes repercusiones en nuestra vida en sociedad, en el modo de relacionarnos y, en definitiva, en cómo va a afectar a nuestras emociones, sentimientos y afectos. El primer efecto que vamos a notar es el de contener nuestros afectos con el segundo (familiares cercanos) y el tercer anillo (amigos y conocidos) de nuestro entorno más próximo; no vamos a poder abrazarnos, besarnos, tocarnos o saludarnos como lo hacíamos antes; más aún en los primeros compases en donde las mascarillas, guantes y desconfianzas van a acompañarnos por donde deambulemos. El segundo efecto será el de un relativo enfriamiento de esas relaciones, sobre todo en las personas que viven solas o que tienen más necesidad de contacto personal. Y el tercer efecto y quizá el más potente, va a ser el que se derive de todos los pensamientos y sentimientos que hemos experimentado en estas siete semanas (y lo que nos queda por delante) con respecto a nuestra vida, a lo que somos, a lo que queremos, a aquello que hemos reconocido que tiene más valor que las cosas y a cómo hemos digerido las carencias de afecto que nos pueden haber llegado a herir de un modo en el que ahora, quizá, no seamos conscientes.

Un cuarto efecto va a ser más efectivo en el medio plazo y son las desavenencias de pareja o de familia que este tiempo de extremo contacto físico y personal (viviendas pequeñas, tiempos excesivos, reducción de la privacidad y reducción de la tolerancia hacia el otro) va a provocar. Cuando las piedras están muy juntas es cuando surgen las chispas, cuando las fuerzas, deseos y derechos de cada uno se ven limitados por la persona o personas que tenemos más cerca de nosotros.

Todo este cocktail de restricciones económicas, afectivas, de vida en común y emocionales se va a disparar en algún momento en nuestra sociedad y muchas, muchas más personas van a sentir la necesidad de ayuda vital para poder reordenar sus vidas.

Personalmente creo que nuestros mejores aliados para enfrentarnos a todo lo que está por venir son el esfuerzo, el trabajo, reinventarse y una mayor capacitación, en lo laboral y económico. Y el amor, la tolerancia, el sentido del humor y el autoconocimiento en nuestras relaciones personales. Lo primero de todo, en el ámbito doméstico, es intentar que no se produzcan heridas y lo segundo es que, de producirse, seamos capaces de restañarlas con la mayor rapidez posible. Aún así, muchos necesitarán reencontrarse a sí mismos para poder asumir su nueva realidad y poder reiniciar un nuevo camino hacia el único objetivo que tenemos como personas: Sentirnos lo más satisfechos, dentro de lo posible, con nosotros mismos. Esa satisfacción propicia la autoestima, ella es necesaria para reemprender caminos que requieren esfuerzo y valor; de ahí puede nacer el equilibrio y llegar a la sensación de paz y armonía con uno mismo, que es uno de los santuarios más deseados de entre todos los que podemos aspirar y merecemos.

Tiempo de renovación

Llevamos ya más de 15 días confinados en nuestras casas. Buena parte de nosotros, en estos días, ha debido «enfrentarse» a la propia realidad de cada uno. Seguramente han resurgido en estos días antiguas buenas sensaciones de la vida en familia; son momentos que este tiempo de recogimiento obligado nos van a poder permitir disfrutar. Pero también habrá partes de nosotros con las que no estemos conformes: Experiencias del pasado, carencias afectivas y/o emocionales, situaciones personales que quedaron mal selladas o recuerdos dolorosos que regresan a la actualidad. Nuestros estados de ánimo del presente, provienen del pasado y el futuro que deseemos construir debemos empezar a poner los cimientos hoy (sin olvidar de disfrutar del momento, carpe diem).

El hombre o la mujer que eres hoy es producto de todas las transformaciones, enriquecimientos y empobrecimientos que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida; somos producto de todas las circunstancias de nuestro tiempo pasado. Este momento en el que ahora nos encontramos es excelente para meter en el taller todas esas experiencias pasadas, remover los recuerdos sobre los que hemos crecido y reparar aquellos desperfectos que en su día no supimos como gestionar y que, en muchos casos, hoy nos pueden atormentar. Es tiempo de renovación y para ello debemos entender el porqué de todo nuestro pasado, aceptarlo y marcarnos objetivos de lo que queremos ser cuando salgamos de nuevo a la calle.

Para conseguir esta renovación es esencial mirar hacia dentro de nosotros mismos y preguntarnos ¿Soy razonablemente feliz? ¿Estoy satisfecho con mi vida? ¿Hay algún aspecto de mi personalidad que me incomoda o que no he sabido gestionar? ¿Me siento querido, amado? De o a 10 ¿Cuál es la nota que le pongo a mi vida? ¿Apruebo? ¿Suspendo? ¿Tengo buena nota? ¿Cómo calificaría mi vida? Ante todas estas preguntas tenemos dos alternativas: Responder con sinceridad ante nosotros mismos o autoengañarnos y no querer ver la realidad a la que estamos sometidos. Si somos sinceros y nos sentimos satisfechos ¡qué bueno es! Es algo tan bueno que debemos celebrarlo, celebrar la vida que tenemos. Si las respuestas no son positivas, debemos adentrarnos en nosotros mismos y descubrir qué nos hace daño, qué nos perjudica, para poder empezar a resolver, poniendo límites, entendiendo ese pasado o corrigiendo en donde se pueda corregir.

Si has decidido que quieres renovar algún aspecto de tu vida, tómate tu tiempo en estos días, haz un pequeño listado de todas las cosas que quisieras cambiar; desarrolla un plan para acometer esos cambios (siempre pensando lo que es esencial en el cambio; hay que cambiar lo que provoca nuestra insatisfacción, no las consecuencias o sus manifestaciones – como las adicciones -) y márcate los objetivos que quieres cumplir. Es muy importante en este momento entender que nuestra situación, aunque sea desfavorable para nosotros, es la que conocemos y podemos estar en una zona de confort sintiéndonos realmente mal o incómodos; parece un contrasentido pero es la pura realidad. Por este motivo si decidimos renovarnos lo que más nos va a frenar es el cambio, salir de una zona de confort habitual y a la que nos henos acostumbrado durante años, seguramente. El cambio asusta a muchas personas porque implica entrar en un terreno desconocido, ingrato al principio, que implica esfuerzo y sacrificio y en el que no sabemos desenvolvernos.

Pero, ¿qué hay que renovar? La renovación debe dirigirse hacia todo lo que nos ha provocado insatisfacción y que en el 99% de los casos los atribuimos a determinadas personas (padre, madre, hermanos, compañeros de colegio, etc.) pero que en realidad quien tuvo todo que ver fueron las circunstancias, más que el azar, los tiempos, las necesidades y la historia personal heredada en emociones insatisfechas, provocaron en esas personas que perjudicaron nuestra existencia. Incluso, en muchos casos, la responsabilidad sólo puede ser atribuida a la puñetera casualidad, a un cúmulo de sucesos casuales que causaron influencia en nosotros.

Si decides renovarte y precisas la ayuda de un profesional, que te ayude a encontrar todas tus áreas de mejora y cómo afrontarlas, no lo dudes, encuentra a una persona que te ofrezca garantía y confianza. Si puedes hacerlo por tus propios medios, fantástico; en cualquier caso,  no dejes de hacerlo. Aprovechemos este tiempo de retiro para recomponer buena parte de nuestra vida; merece la alegría. Salud!!

Antonio Lamadrid

antonio.lamadrid@re-encontrarte.com

Las adicciones

Se experimenta adicción cuando nos vemos impelidos a experimentar un placer de los sentidos, irremisiblemente, sin control y con total ausencia de voluntad para impedírnoslo y con fuerte manifestación de ansiedad en los momentos previos; ansiedad que se siente disminuir cuando ya hemos conseguido el goce anhelado. La adicción a la comida, a beber alcohol, al sexo, al juego o a las drogas, si no tuviera la indeseada consecuencia del exceso de uso o consumo, tan sólo resolvería la insatisfacción que genera ese deseo irrefrenable. Pero, lamentablemente, las adicciones tienen consecuencias lastimosas en nuestro cuerpo o mente. en el orden anteriormente expuesto están la  bulimia, la anorexia o la obesidad, el alcoholismo, la satiriasis, la ludopatía o la drogadicción. Todas ellas son diferentes manifestaciones de la necesidad de «rellenar» o completar una insatisfacción, una carencia o un exceso de situaciones y circunstancias padecidas en algún momento de la vida. Desde no habernos sentido queridos por nuestros progenitores, pasando por abusos físicos o psicológicos, gracias al bulling o a la exclusión social por alguna incapacidad; todas estas limitaciones se «amontonan» en nuestro subconsciente y en un momento determinado, sin ser conscientes de ello, afloran y se insertan en nuestro cuerpo abandonándonos a un destino que no somos capaces de controlar.

¿Cómo nace la adicción? Suele comenzar con pequeños pasos, con movimientos apenas imperceptibles. Puede que sintamos cierta desazón, tristeza, malestar en el alma, una sensación como de abandono y de no disfrutar con intensidad de todo lo bueno que nos rodea; incluso perdemos la perspectiva de que eso que es bueno lo percibamos como tal. Nace sin darnos cuenta, con pequeños destellos de placer ante la satisfacción momentánea que aporta cualquiera de esos jinetes del Apocalipsis de cada cual. No recordamos cuando el disfrute se convirtió en necesidad y además tomó carta de naturaleza la regularidad. Esos placeres que, de modo esporádico y alegre son del todo recomendables, se transforman en una necesidad, de modo que si no lo conseguimos, con cierta rapidez, la ansiedad, el deseo irrefrenable, incluso el malhumor, se desata en nuestro interior y nos exige la plena satisfacción inmediata. Al principio, en muchos casos, nace como un juego, incluso un reto, como una forma de demostrarnos que somos poderosos y que nos podemos satisfacer a nuestro antojo, pero poco a poco va convirtiéndose en una necesidad y el disfrute deja paso a la consumación para tranquilizar la pulsión que nos  mantiene en vilo. Y de esos polvos vienen cada vez lodos más intensos, cada vez la «dosis» que se requiere es superior y no sólo porque el cuerpo biológicamente precisa más cantidad, para idéntico placer, sino porque la desazón que sentimos es, cada vez, mayor, según se va sumando la culpa de la dependencia a nuestro entendimiento. Según hemos experimentado el placer, a los pocos instantes, sentimos culpa, nos sentimos débiles y eso agranda el vacío y la sensación de estar en manos de la adicción.

El efecto del consumo dura lo que dura, es efímero, se acaba cada vez más rápido; sentimos que necesitamos más y más pero nuestro cuerpo es pura física, tiene un límite y en un momento determinado puede hacer Crac y dejarnos tan tocados, con una salud tan resentida, que llega el momento en el que nos jugamos la propia vida y el juego inicial se convierte en una ruleta rusa en la que progresivamente va habiendo más balas en la recámara. Pero antes de que la pólvora reviente y nos mate, hay soluciones, hay puertas de salida, hay ventanas de oportunidad para poder escapar de la trampa en la que hemos caído, casi sin darnos cuenta.

Lo más triste de todo es que las adicciones matan, excepcionalmente al cuerpo, pero siempre asesinan nuestra libertad, autocontrol y  la necesaria autoestima para sentirnos bien con nosotros mismos, sin necesidad de recurrir a artificios. Peor aún cuando creemos que gracias al alcohol o a las drogas somos más capaces de establecer la ansiada relación social que la timidez o la vergüenza (las inseguridades al fin) nos privan de conseguir en estado sobrio. No he conocido a nadie que, privado por drogas o alcohol, sea mejor que sin ellas. Lo que sucede es que, en su abultada presencia, se altera nuestro entendimiento hasta hacernos creer que somos mejor de lo que creemos ser. Pero la auténtica verdad es que todos, sin excepción, en nuestro medio natural somos mucho, mucho mejores que estando adulterados. Ciertamente la adicción seduce, perversamente,  nuestra autenticidad.

 

Depresión vital

Hasta las últimas décadas en la historia de la Humanidad, el ser humano sólo ha tenido un objetivo y es el de la supervivencia. Esto supone sobrevivir en un entorno hostil y en el que para postergarnos teníamos que comer, defendernos, protegernos y, en muchos casos, ganar a otros para poder consolidar nuestras opciones de existir. En nuestra Historia reciente, sólo a partir de los años 80 del siglo pasado, los padres han sido padres nutritivos, proveían de los valores más escasos y que ellos mismos habían sufrido: Alimento, vestido y cobijo. Pero, a partir de ese momento, las necesidades emocionales, una vez satisfechas las vitales, comenzaron a mostrarse más y más determinantes para un concepto que, hasta hace muy pocos años, sólo fue contemplado por filósofos y escritores: La felicidad.

Todo indica que la evolución humana nos va a permitir consolidar la cobertura de esas necesidades básicas, mientras que la satisfacción personal, el equilibrio entre lo que somos y lo que quisiéramos ser, se va a convertir en un bien preciado. La felicidad es, en este momento, el objetivo primario de cualquier ser humano en el mundo occidental, es ya una necesidad vital para muchas personas y su ausencia, la carencia de ese equilibrio emocional tan valioso, entra de lleno en la que ya es la segunda causa de mortalidad (directa e indirecta) en los países de nuestro entorno: La depresión.

La depresión puede ser todo menos un fracaso de vida; más bien es la necesidad de un reseteo para reiniciar un nuevo modo de afrontar la vida.

Quien se deprime ni es un cobarde, ni tiene por qué avergonzarse de ello, lo único que debe hacer es tratar de buscar, por todos los medios a su alcance, el modo de volver a recuperar la normalidad para disfrutar de una vida razonable y satisfactoria.

Una vez diagnosticada la depresión por un especialista, el primer paso consiste en encontrar las causas ¿Qué nos ha llevado hasta esa situación (hasta donde nosotros mismos sepamos)? Conocer las causas y conocernos a nosotros mismos es imprescindible para poder seguir avanzando. A continuación debemos tratar de no negar la mayor: Tenemos una depresión y, acto seguido, debemos decirnos: «y voy a solucionarlo». Hay que afrontar el problema, no enfrentarse a él; en este segundo caso, acabaremos desgastándonos. Si precisamos de ayuda química, de fármacos, pues así nos lo han diagnosticado, así deberemos hacerlo y estaremos tratando los síntomas para llegar al último eslabón. Ese último escaño consiste en empezar a resolver las causas que han provocado nuestra situación afrontando hechos, personas, circunstancias, lastres del pasado y cualquier limitación que haya permitido que el monstruo de la depresión haya pretendido devorarnos. En estos tiempos deberemos ser valientes, decididos, dejándonos ayudar por quien más confianza nos inspire en nuestra capacidad para resolver y salir adelante. Tomaremos la decisión, sabremos que no va a ser fácil, que requiere un camino, un recorrido costoso en tiempo y en esfuerzo, pero que lo conseguiremos pues mientras hay vida hay esperanza. Necesitamos esa guía, ese apoyo para sacar fuerzas de la flaqueza que nos ha debilitado; las circunstancias de la vida nos han cegado y precisamos de un lazarillo que nos guíe, que marque el territorio seguro por el que debemos empezar a movernos, hasta que las fuerzas vengan a nuestras emociones y sentimientos y seamos capaces de caminar de nuevo viendo todo lo bueno que la vida nos ofrece a cada paso del camino.

Hace doscientos años las prestaciones de servicios a la comunidad que más personas requerían eran las relacionadas con la comida y el vestido, necesitábamos que otras personas nos proveyeran de esas materias tan necesarias. Hoy, y cada día más, los servicios más necesarios van a ser los que nos ayuden a encauzar esas materias inasibles que nos proporcionen paz emocional y satisfacción personal. Vivimos en sociedad porque nos necesitamos unos a otros y la depresión, como tantos males que afectan a nuestra existencia emocional, se puede trabajar, se puede encontrar la raíz física o conductual que la propicia y atajarla. Es imprescindible acudir a un profesional que pueda, no sólo paliar sus efectos, sino resolver sus causas y conseguir ese ansiado equilibrio que todos deseamos. Psiquiatras, psicólogos y terapeutas son las fuentes en las que poder saciar estas carencias para vivir, en lugar de sobrevivir.