Viaje interior

Invierno, frío exterior, recogimiento, quizá con hambre de experiencias, quizá con la fuerza contenida para asaltar el lunes con determinación. Es un domingo cualquiera por la mañana, estás dejando vagar tu mente y, casi sin darte cuenta, toda tu vida pasa, con la velocidad de la luz difuminada, por delante de tus pensamientos. Tienes unos cuantos años, pero aún no los suficientes. Quieres más y aún así piensas en todos los que has vivido. Sujetas con fuerza a la conciencia y comienzan a desfilar recuerdos, pensamientos, sensaciones, emociones. Te abrochas el cinturón de los recuerdos y comienza el viaje:

Tus primeros recuerdos, tus padres, tu casa, la calle donde jugabas, el parque, el río en donde tirabas piedras, las tareas del colegio, la merienda, tus juguetes (resaltan de entre todos tus favoritos, eran tu mejor compañía). Quizá deambulen por ahí algún hermano o hermana, los celos, las preferencias, los “yo también quiero” y tus padres justicieros asignando los repartos. Recuerdas especialmente a tu madre, la confianza que sentías con ella, la seguridad y también el rigor, sus enseñanzas, sus frases que seguramente hoy sigan resonando en tu mente. Tu padre a veces divertido, otras demasiado serio o duro; era su papel y hoy lo entiendes. Los amigos, los locos bajitos como tú que correteaban con energías desbordantes sin importar el tiempo, la hora o el hambre. Jugar era la esencia de tu existencia. El colegio, las notas, estudiar, los deberes, la seño o el profe y sus motes, muchos lo tenían. A unos nos costaba más que a otros y fueras de los torpes, los empollones, los pelotas o los jetas, conservas un buen recuerdo salvo, quizás, los temidos exámenes. Tan temidos que durante años poblaron el mundo de tus sueños: el terror de sentir que no sabías nada, que ibas a suspender y todas las tremendas consecuencias que ello iba a tener. Al final aprendes, aprendiste que la vida enseña con más fuerza y que lo más importante es aprender a vivir y que el mundo no es de los “tontos” o de los “listos”, sino de los que le ponen ganas a lo que hacen. Recuerdas a compañeros que luego fueron grandes profesionales, y a otros que mejor no pensar que hubo un tiempo en que fueron tus compañeros de colegio. Las primeras salidas de casa, las pandillas, las tardes de cine, de billares, futbolines o charlando en torno a un banco en un parque. Las hormonas comienzan a despertar y sientes que el mundo se detiene cuando estás cerca de él o de ella. Quizá aquella persona es hoy tu pareja, aunque es difícil que haya sido así y tuviste que conocer a unas cuantas personas más que te dejaron huella, amor, pasión o dolor. Pasaron, se fueron, y hoy estás solo o debidamente acompañado. Quizá tienes hijos o nietos y el mundo de tus relaciones sigue creciendo, de otro modo, con otros sentidos, pero tu vida sigue porque hay personas que quieren compartirla contigo. Terminaste tus estudios en colegio, instituto, universidad… y llegaron tus primeros trabajos: tiempos de dificultad, de ansia, de superación y crecimiento, de rechazo a veces y de grandes, inmensos esfuerzos para conseguir hacerte un hueco en la selva laboral.

El viaje está a punto de terminar, ¡qué rápido ha pasado todo! Miles de fotogramas en mi retina registrados punto a punto reflejan toda una vida en unos pocos suspiros. Has llegado hasta aquí, hasta donde estás sentado en este momento y piensas: ¿Ha merecido la pena? La respuesta, ten por seguro que marcará el curso de los próximos años, de tus proyectos, de tus objetivos de vida, de las personas que contigo quieran compartirla. Si la respuesta es “no”, no desistas, no sabes qué te espera a la vuelta de la esquina. Si ha sido positiva, enhorabuena y comparte todo lo bueno con los que te rodean; te lo agradecerán.

Ser infeliz

Se me ocurre pensar que el hecho de que se hable tanto de la felicidad en estos últimos tiempos sea, precisamente, un signo de que no somos tan felices. Al menos tanto como quisiéramos.

Hace años en la celebración de una boda a la que asistía el sacerdote dijo: “Las personas felices no hacen daño a nadie”. Desde entonces he podido comprobar que ciertamente así es. Pero lo peor es que lo contrario sucede con rigor casi matemático. Mi experiencia de vida me dice que hay dos tipos de personas infelices: las pasivas y las activas.

El infeliz pasivo es aquél que siente frustración por su propia vida: se siente desolado, abandonado, ultrajado, seguramente sin amor y todo su malestar lo vuelve contra sí mismo. Es la infelicidad que está en la base de la pena, del dolor del alma, de la depresión, de la ansiedad por conseguir lo que no se tiene. Su peor enemigo es él mismo, pues todos sus males atacan a su propio yo, negándose a sí mismo el pan y la sal. El infeliz pasivo se aísla del mundo, se encierra en sí mismo y no quiere luchar por una vida mejor. Ya ha tirado la toalla, y necesita ayuda pues él sólo no será capaz de salir del agujero.

El otro infeliz, el activo, traslada su infelicidad con plena toxicidad a los demás. Es infeliz y se encarga de que en su propio entorno los demás también lo sean o al menos que reciban su dosis de miseria personal, tal y como él la sufre. Estas personas están plenamente insatisfechas con sus vidas y se encargan, en todo momento, de que los demás sean conscientes de ello. Necesitan trasladar su veneno a los demás. El infeliz activo tiene muchas tipologías de comportamiento, de menor a mayor agresividad con los demás en función de su poder, su estatus y también del grado en que le afecte su infelicidad. Veamos algunos: el quejoso, el envidioso, el amargado, el tramposo, el traidor, el cobarde que sólo se enfrenta a los más débiles, el manipulador, el mentiroso perjudicial, el ventajista gracias al perjuicio del otro… Hay muchos, ¿verdad? Y seguramente yo mismo, bajo determinadas circunstancias, haya actuado en alguno de esos roles o a algunos así les haya parecido. No soy perfecto, ni quiero serlo.

El mayor problema de la persona infeliz es que deja residuos y cadáveres emocionales a su alrededor, siendo el principal él mismo. Y cuanto más importante llegue a ser para otros (en las relaciones de pareja, en la familia, en el trabajo, en la amistad) peores son las repercusiones que tiene. En el fondo la persona infeliz es consciente de su situación, aunque no quiera reconocerlo. Su vida es insatisfactoria, no disfruta los logros que consigue, los demás siempre son más felices que él, nunca encuentra límite a sus deseos y todo lo que tiene o consigue siempre es poco en comparación con lo que cree necesitar. De ahí nace la necesidad de controlar a otros mediante el poder, la fuerza, las emociones, el dinero o, incluso, la violencia.

Con independencia de la propia genética o de las enfermedades de la mente, las personas infelices se han cultivado a sí mismas o han permitido que la influencia de sus padres o educadores haya condicionado su visión de la vida. Quizá uno de los mejores garantes para la infelicidad es haber tenido una vida fácil y cómoda en los primeros estadios de la vida misma. Para unos será el medio de conseguir sus anhelos, seguir teniendo una vida fácil, aunque sea a costa de los demás. Para otros, su infelicidad será el recuerdo limitante de otros tiempos que siempre fueron mejores, por fáciles. La vida es un proyecto de crecimiento, de esfuerzo y logro. Y todo lo que no crece, decrece.

Ser feliz

Podríamos citar a muchos de los grandes gurús de la felicidad (Seligman, Tal Ben Shahar y tantos otros) pero en esta ocasión quiero hablar de la felicidad de andar por casa, de la que sentimos y experimentamos con naturalidad cada uno de nosotros.

Con el máximo respeto a esos grandes sabios de la psicología positiva y con toda humildad, me pregunto: ¿Qué es ser feliz, razonablemente feliz? Creo que la felicidad es un estado de ánimo y es la sensación que uno experimenta cuando nos preguntamos a nosotros mismos: ¿soy feliz? O cuando otra persona nos lo pregunta: ¿eres feliz? En ese momento, nuestro cerebro procesa el conjunto de sensaciones, emociones, sentimientos y, sobre todo, el grado de amor que somos capaces de experimentar hacia los demás y hacia nosotros mismos y entonces nace la respuesta. Si esta es positiva entonces es que eres razonablemente feliz. Para mí ese estado de felicidad nace de mantener un sano equilibrio entre lo que somos y lo que quisiéramos ser y responde en esencia a nuestro grado de aceptación hacia nosotros mismos. Si nuestra autoestima es saludable, si nos queremos tal y como somos (con independencia del espíritu de superación, de mejora constante y de no dormirnos en los laureles), entonces somos felices.

Cuando hablo de felicidad no me refiero a un nirvana mental en el que todo es perfecto, previsible y maravilloso. No. Nuestra vida es imperfecta y siempre necesita mejorar. Todo cuanto existe necesita cambiar y evolucionar a mejor. Afortunadamente no somos perfectos y estamos sometidos a deseos, anhelos, defectos de nosotros mismos, de nuestro propio entorno y de la tierra que nos sustenta. La felicidad es ese estado de ánimo en que con todo el cóctel de imperfecciones que nos rodea nos sentimos satisfechos con nosotros mismos y agradecemos todas las oportunidades que se nos han brindado y que hemos sabido aprovechar (con éxito o sin éxito final). Tenemos además la sensación de que aún hay mucho proyecto de vida por seguir cumpliendo. Sabemos que tenemos que seguir caminando, que aún no ha terminado nuestro propósito de vida. Entiendo que para ser feliz hay que haber rozado con la vida; los talentos que hemos recibido los hemos tenido que poner en funcionamiento. De hecho un niño muy pequeño no es feliz o infeliz, sino que está contento o está triste, en función del placer o del displacer que experimenta en cada momento. Sólo cuando vamos teniendo “historia” en nuestra vida, cuando vamos superando limitaciones o consiguiendo logros que fueron difíciles y sufridos, es cuando podemos llegar a experimentar la sensación de la felicidad. En este sentido ubico mucho más a la felicidad como un gran camino hacia la cima de la montaña que cada uno se ha propuesto escalar y cada paso conseguido con esfuerzo y determinación es un peldaño más en esa sensación profunda de satisfacción, de felicidad.

Hay otras personas para las que la felicidad es comparativa; es decir, son felices en relación a como creen que los demás lo son. En esa comparación se sienten mejor o peor consigo mismos, pero esa no es la auténtica felicidad pues no nace del interior de uno mismo. Es un sentimiento que puede estar más cerca de la envidia, de su ausencia, que de la felicidad.

Decía Loquillo que para ser feliz quería un camión. Yo, para ser feliz, quiero una vida normal, querer y que me quieran, trabajar por mí y por otros, una salud razonable y todos los retos que sea capaz de asumir para superar unos y aprender de otros. Para ser feliz quiero saber levantarme después de caer, que la risa acuda a mi rostro siempre que sea oportuno y saber que la función vital que cumplo tiene sentido para mí y para los demás.

 

¿Qué hago con mi vida?

Seguramente una pregunta como esta o similar se la ha hecho usted en algún momento de su vida. Por lo general, cuando acude a nuestra mente es porque o nos encontramos perdidos en alguna encrucijada, o no sabemos bien dónde estamos, o estamos superando un bache profundo o, sencillamente, no sabemos a dónde encaminar nuestros pasos, nuestro destino. Cuando esta pregunta nos asalta, carecemos de objetivos. No sabemos qué queremos conseguir. Yo lo visualizo como si alguien estuviera en medio de la hermosa bahía de Santander, en una barquita con un par de remos, remando y remando, dando vueltas sin timón, sin saber a dónde dirigir su energía y sintiéndose cada vez más cansado de remar sin dirección. A veces incluso algunos, algunas, dejan de remar y las inclemencias del clima de vivir les van minando poco a poco hasta que desaparecen los remos, las manos y la barca. Y, contra esto, se puede luchar.

Lo primero de todo que debemos hacer es saber responder a la pregunta inicial. Si no tenemos una respuesta, hay que pasar de inmediato a marcarnos unos objetivos de vida, aquellos que pretendamos conseguir desde su viabilidad: objetivos personales, sociales, económicos, emocionales, laborales, familiares. A cada uno nos mueven la barca unas aguas y unos vientos en particular.

Sólo un tres por ciento de las personas tienen sus objetivos escritos en un documento, como si de un testamento vital se tratara. Yo tengo tres objetivos, a cada cual más ambicioso. Se los cuento. El primero es vivir el mayor tiempo posible junto a la persona que amo (bien sencillo, ¿verdad?). El segundo es llegar a ser un abuelo feliz (más aún). Y el tercero, algo más instrumental, llegar a tener tiempo de ocio suficiente como para poder escribir todas las historias que tengo acumuladas en papeles y neuronas. Tres deseos, como tres reyes magos, que espero ver cumplidos y que trato cada día de construir, con algún que otro ladrillo, para que los tres lleguen a ser realidad. Son tres faros o tres zanahorias que estimulan mi motivación para seguir viviendo, mientras asumo las tres realidades importantes que afronto cada día con optimismo y vitalidad: el trabajo que me permite vivir con salud económica y emocional, el amor que siento por los que más quiero y cuido, y la ayuda que proporciono con mi trabajo a todas las personas y organizaciones con las que tengo el lujo de poder hacerlo. Estos son los remos con los que navego cada día, y mis objetivos los timones que me guían a donde quiero llegar.

Estos son los objetivos y afanes de una persona normal y corriente. Cada uno de nosotros tiene mucho por lo que luchar, querencias y deseos. Más aún en lo que se refiere a las personas que queremos y que nos quieren. Y, claro, la mar hay días en que está picada, y otros en que es una balsa y nos deslizamos con suavidad; hay rumbos que tenemos claros y otros en los que la brújula no deja de girar. Por eso le recomiendo que los escriba, que ordene sus ideas y sus deseos y se ponga manos en remo a trabajar. Y siempre con una idea clara: un objetivo no es la realidad. Es decir, tener objetivos no es garantía de su cumplimiento; tan sólo es saber que el timón está en el agua y que todo lo que seamos capaces de remar nos acercará a ellos. Mientras así naveguemos nunca nos abordará una pregunta como la que titula este artículo que sólo pretende ayudarle a usted y a mí mismo. Muchas gracias.

Los miedos

¡Mamá, tengo miedo! – ¿Por qué tienes miedo? – No lo sé… -. Seguramente este sea un diálogo universal, en el nuestro y en otros idiomas. El miedo es un compañero muchas veces inseparable, que nace en el momento mismo en que somos personitas con vida propia. El miedo, antropológicamente, está instalado en nuestro programa genético como humanos. Muchos psicólogos y neurólogos argumentan que el miedo es una sensación inherente a nosotros mismos. Nos dicen que desde la amígdala –como cerebro emocional que es- el miedo nos ayuda en la labor de supervivencia, de protegernos de los peligros que nos acechan desde el momento que lanzamos nuestro primer llanto al aire. Pero otros muchos, cuyo punto de vista comparto, opinan que aunque nos venga “de serie”, debemos ser capaces de domesticarlo, de darle el punto en el que pase de miedo a precaución. Algo que es muy diferente e igualmente adaptativo al medio.

La palabra miedo está muy instalada en nuestro cerebro y la sacamos a relucir demasiadas veces en muchas circunstancias en las que no vendría al caso. Tiene tanta fuerza que imprime todo su carácter animal cuando la oímos. Pensemos que el cine, como alter ego de nuestra propia existencia, es una gran fuente de miedo, de todos los miedos que en el imaginario colectivo pueden llegar a aparecer o podemos llegar a sentir. El horror, el terror, la intriga acechante, el peligro que asoma, la duda del mal, lo inevitable a punto de pasar y un largo etcétera de situaciones que nos ponen en tensión. Y ahí está el quid de la cuestión: el miedo nos tensiona, nos desequilibra, nos mantiene en un vilo imprevisible con un potente desgaste energético pues nuestros resortes de protección o escape están al máximo de alerta ante lo que pudiera pasar. Y en ese conjunto de posibles acontecimientos que nos ocurran y que desconocemos es en donde radica la esencia del miedo. Sabemos que hay una liebre, pero no sabemos por dónde nos va a saltar, ni cómo es, ni cuáles pueden ser sus consecuencias, ni el grado de perjuicio que nos puede causar.

El miedo, en sí mismo, es la manifestación de la inseguridad que sentimos ante lo desconocido y que puede ser potencialmente peligroso para nosotros. Si estuviéramos seguros de nuestras capacidades, como deberíamos estar, no sentiríamos miedo. De hecho el estado contrario al miedo es el de la tranquilidad, la que nos aporta el sentirnos lo suficientemente preparados como para afrontar cualquier circunstancia que se nos presente, sea la que sea. Eso nos aporta seguridad. La seguridad, además, nos permite reaccionar con precisión ante lo que, sin tenerle miedo, pudiera surgir de improviso y nos impeliera a reaccionar en nuestra propia defensa o de los que queremos proteger. La neurología también nos dice algo importante: el miedo deja un trazo, una pregnancia en el cerebro con la misma intensidad con que si lo que tememos hubiera sucedido en realidad y nos hubiera afectado como hecho real. La gran diferencia está en que estos mismos neurólogos nos dicen que de cada diez miedos que sentimos sólo se cumple uno y los otros nueve los padecemos y nos intoxican como si realmente los hubiéramos padecido.

El miedo nos aleja de la felicidad, nos hace ser excesivamente precavidos con todo y con todos, nos impide una relación social plena y, lo peor de todo, cuantos más miedos tenemos más somos susceptibles a padecer otros miedos. Por haber, son infinitos los que pueden llegar a existir en nuestra imaginación. Dicen que el miedo es libre, pero lo que de verdad nos hace libres es no sentirlo. Si tenemos miedo estamos atenazados, limitados, constreñidos y predispuestos a cometer cualquier error cuando aparezca algo, aunque no tenga nada que ver con lo que tememos.

Lo que otros dicen de nosotros

“El qué dirán”. Cuánto ha perjudicado la expresión de este sentimiento a tantas personas a lo largo de los últimos cientos de años. La vergüenza, el imaginarnos ser señalados con el dedo por nuestras palpables diferencias, el hecho de formar parte del maligno imaginario colectivo; todo ello forma parte de esa absurda dependencia de lo que piensen otros de nosotros. Y ello aunque a esos otros no los conozcamos, ni tengan valor alguno en nuestras vidas.

Personalmente tengo una máxima: mientras no haga daño a nadie con mis dichos o hechos, me considero un auténtico sinvergüenza. Es decir, me considero alguien que no tiene por qué avergonzarse de nada ante nadie. Y si no, como bien dicen las Sagradas Escrituras, “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Considero que uno de los más firmes sentimientos que alguien puede experimentar es el de ser auténtico, el de no estar limitado por lo que otros piensen de nosotros. La maledicencia y lo que es peor, el creer todo lo malo, negativo o pernicioso que otros dicen a otros de nosotros, es uno de los peores cánceres sociales que podemos sufrir. Quien habla mal de otros, en el fondo, está hablando mal de sí mismo; quien nos habla mal de otros, en cualquier momento lo hará también de nosotros. Quien habla mal de otros lo hace sujeto a la envidia o a la consecución de un objetivo de perjudicar al juzgado (con intención concreta de producir daño o beneficio indirecto para quien está juzgando). También se puede hacer por ignorancia, ya que dicen que es muy atrevida. En el caso de la maledicencia, lo de la viga en ojo propio y la paja en el ajeno funciona a las mil maravillas. ¿Cómo se podría romper esta inercia social tan lamentable? Haciendo oídos sordos a todo aquel que nos critica a otros con el fin de perjudicarlos. En este contexto es muy buena una breve historia que se asigna a Sócrates cuando alguien le va a hablar de un amigo. Sócrates le dice: “Antes de nada quiero decidir si quiero saber lo que me quieres contar: ¿es algo bueno lo que me vas a decir de mi amigo?” “No precisamente” es la respuesta. “¿Me beneficiará en algo saber lo que me vas a decir de él?” “No, creo que no” “¿Y estás completamente seguro de que lo que me vas a contar es rigurosamente cierto?” “No, no lo estoy; me lo han contado”. La respuesta de Sócrates fue muy rápida: “Si lo que me vas a contar ni es bueno, ni me interesa, ni estás seguro de que sea cierto, no quiero saberlo; muchas gracias.”

“Me ha dicho fulanito…. Menganito anda por ahí diciendo… No te lo vas a creer pero me han dicho que fulano… ¿Te has enterado ya de lo de mengano?” Siempre que alguien empieza a hablarme con expresiones de este tipo mis oídos se vuelven bastante sordos y mi lengua procura no ser una cadena de transmisión a otros oídos más o menos atentos. Lo cierto es que quien está muy pendiente de la vida de los demás es que la suya propia la tiene bastante abandonada o es tan miserable que necesita dar pábulo a las infamias de otros para sentirse mejor consigo mismo. Lo que debiéramos hacer es hablar muy bien de los demás a sus espaldas y si ya no queda más remedio que hacer un juicio crítico de alguien, a su cara y con la verdad por delante.

Me importa lo que dicen de mí los que me importan. Me parece relevante y muy a tener en cuenta el juicio de las personas con juicio y escucho atentamente a las personas que suelen ser atentas, bienpensantes y que lo único que pretenden con su comentario es mi bien, no el suyo.

Paz

Hay pocos sentimientos tan grandes como estar en paz con uno mismo. La paz siento que es el estado más armónico que podemos experimentar como personas. La paz es ausencia de controversia con uno mismo y con los demás; es un equilibrio que puede durar un instante o toda una vida y que nos cuesta experimentar. Mejor dicho: aunque la sintamos, nos es difícil reconocerla.

Nuestro estilo de vida actual es ruidoso, distorsionante, inarmónico; está infestado de aparatos, de objetos que rompen el silencio, de pensamientos tóxicos, de basura mental que nos condiciona para no ser del todo libres. Por eso la paz nos puede llevar a una sensación de plenitud tan grande, a experimentar la indescriptible sensación de estar integrados con la vida misma. Es tan difícil de explicar… Quizá un buen modo de entenderlo es ser capaces de percibir lo que sentimos cuando en el rito religioso de una misa, el sacerdote nos pide que deseemos la paz del otro; entonces nos damos la mano, nos miramos a los ojos, sentimos paz con nosotros y con los que queremos, que están a nuestro lado y también con aquellos conocidos o desconocidos a los que hemos sonreído y les hemos ofrecido una paz que tenemos y que quizá no sabíamos que teníamos. Ahí, estamos en paz con nosotros mismos y con los demás.

Quienes hacen la guerra es por su propia insatisfacción o para solventar las miserias que sienten en sí mismos; sea una persona o una nación. Iniciar una guerra o intentar romper lo que está unido nace del desprecio por uno mismo y que acaba despreciando a los demás. La guerra es agresiva y abrasiva; quienes hacen la guerra desprecian tanto a los demás como se desprecian a sí mismos. Hay personas que están llenas de pinchos, de aristas, que muerden, que transportan el infierno mismo dentro de sus entrañas y abrasan con sus palabras, emociones y, lo que es peor, con sus actos. Se sienten plenos cuando destruyen a otros, son tóxicos para ellos mismos y para los demás. Son personas como bombas andantes y existen, de verdad que existen, aunque a muchos sea muy difícil detectarlos (tendríamos que ir con un detector de minas en la mano, pasándolo por delante de las personas que fueran “sospechosas”). Afortunadamente en mi optimismo compulsivo pienso siempre que somos más los de la paz en la mano que los de la guerra y el rechazo en el acto.

En el día a día, cuando nos relacionamos con otras personas, es bastante fácil saber quién está dominado por el Ying de la paz o por el Yang de la guerra. Las palabras, los gestos y la mirada son los mejores exponentes. La paz responde con tranquilidad, con la mirada limpia a los ojos, a veces con una sonrisa y siempre con palabras positivas, creadoras y de gratitud. La guerra, la agresividad, es incisiva, hiriente –muchas veces con sorna –, sibilina y con una inteligencia aparente que, a veces, nos hipnotiza. No mira a los ojos y si lo hace es con la profundidad del guerrero que detecta las defensas del contrario; constata que su dardo ha dado en la diana oportuna y de nuevo vuelve al interior a cargar más munición. La guerra no termina hasta que se ha eliminado completamente al “enemigo”. Y las palabras nacen afiladas, con punta y con mucha precisión, pues tienen que dar bien en el objetivo.

Picasso (como tantos) dibujó la paloma que simboliza la paz; un ser blanco, inmaculado, inocente y que nos transporta por el aire a donde él buenamente quiere. Sí, quizá sea el mejor exponente de la paz. El dicho dice “Haz el amor y no la guerra”. Yo diría: “Vive en paz, contigo mismo y con los demás”.

Tirar la toalla

Esta es una expresión que suelo utilizar para referirme a aquella persona que ha decidido que ya no puede o no quiere seguir “luchando” por un proyecto, por un anhelo, un modo de vida, el amor, la vida o los seres queridos.

Una persona que tira la toalla es aquella que tuvo la ilusión por algo, un logro personal o profesional y ante las dificultades por conseguirlo, ante los “fracasos” que no fueron contemplados como intentos, se vino abajo y abandonó el barco antes de saber si este podía o no llegar a buen puerto. Creo que hay dos expresiones que reflejan lo poco que estoy de acuerdo con esa vida “tirada”; una es “hasta el rabo todo es toro” y la aplico en positivo, es decir que desde los cuernos hasta el rabo hay un trecho que recorrer  y la otra es que “mientras hay vida, hay esperanza”. Sí, eso es lo que tiramos realmente, la esperanza de poder conseguir lo que legítimamente esperamos o merecemos. En estos casos también viene bien otra frase “el que la sigue la consigue” y es cierto, la persistencia muchas veces llega al objetivo.

Lo más triste de tirar la toalla es cuando se refiere a nuestra propia existencia como seres diseñados para vivir en pareja, en familia, en sociedad y, sobre todo, cuando se rechaza la opción de intentar conseguir activar una segunda o una tercera oportunidad. ¿Por qué no? ¿Por qué refugiarnos en el lamento, el alcohol y cualquier otro sucedáneo del placer del logro, antes que tratar de conseguir de nuevo lo que sabemos que más nos conviene? Es muy difícil que todo funcione bien siempre, no es imposible, pero la vida me ha demostrado que la infalibilidad no es infalible y que el riesgo de que un proyecto personal no cuaje es veraz y por eso ¿debemos resistirnos a no tratar de intentar una nueva oportunidad? Lo que somos, nuestra capacidad de vivir, de sentir, de amar, de querer ¿debemos arrinconarla en el desván y esperar a que las telarañas la deformen y la conviertan en irreconocible? Me niego a no pelear por vivir conforme a lo que somos y le animo a que haga lo mismo.

La dificultad más grande que se presenta en esta rendición es que la mayor parte de las veces no somos conscientes de que estamos rindiéndonos; no sabemos interpretar los signos que nosotros mismos generamos y, lamentablemente, son mucho mejores los demás, los que nos quieren, los que aprecian que estamos desaprovechando nuestras segundas oportunidades. Segundas porque las primeras, que fueron realidad, dejaron de serlo y no nos damos cuenta hasta que nos lo dicen o nos damos de bruces con la puñetera realidad. Los cuarenta ojos de nuestro entorno ven más que nuestro limitado par, lo que sucede es que nuestro par es el que, para bien o para mal, toma las decisiones. Y no hacer nada es la peor decisión que podemos tomar, la indecisión, el dejar pasar el tiempo, el total ya para qué, a mis años qué voy a tratar de conseguir… ¡¡Puff!! no podemos convertirnos en muertos vivientes, en seres que han decidido vegetar en el más puro y vegano sentido de la palabra. Somos sacos de emociones, necesitamos afectos, quereres, sentirnos vivos y eso sólo se consigue cuando vivimos la vida que nos apetece vivir, respetando los derechos de los demás, con quien nos apetece vivir y somos correspondidos.

En el ámbito profesional los basureros están llenos de proyectos que alguien decidió que ya no merecía la pena continuar y en muchos casos la pena fue no haber continuado. Hay quienes esperan a ver pasar el cadáver de su enemigo, pero hay muchos que lo que ven es pasar triunfante al que intentó lo que tú intentaste y no se dio por vencido, no tiró la toalla.

Derecho a cambiar

Una de las leyes de la asertividad dice que todos tenemos derecho a cambiar de opinión y yo digo que, con la ley en la mano, todos tenemos derecho a cambiar de vida, de sentido de vida, de amigos, de familia, de trabajo, de país, de ciudad, de pareja, de casa, de coche o de perfume. Podríamos pensar que, salvo los genes, podemos cambiar todo en nuestra existencia, pero ni eso es cierto; lo que sí que es cierto es que lo único que no podemos cambiar es la responsabilidad sobre nuestros hijos, más aún cuando dependen de nosotros. El resto es o puede ser mutable en función de nuestra propia evolución de vida.

Hay una máxima en economía y es que si un producto o un negocio funciona y funciona bien, no lo cambies; potencia que siga así, rindiendo en su máxima potencia. Si algún componente no funciona bien, cámbialo, haz una reforma, cambia la parte o las partes que no funcionan como debieran y si no funciona el conjunto, y la reparación no es posible, cambia la totalidad, porque cada día que pase vas a tener la sensación de que estás perdiendo la oportunidad de tener algo mejor. Si además hablamos de personas tenemos derecho a cambiar y a que nos cambien por otros mejores o más adecuados a los tiempos en que así lo sentimos.

Sí, tenemos el derecho a cambiar sobre todo cuando nosotros mismos, en nuestro interior, somos o nos sentimos diferentes de tiempos pasados. Es significativo que el cambio es una constante en nuestra vida pero lo rechazamos cuando es el otro el que cambia y nos sentimos excluidos o rechazados por ese cambio de la otra persona. Lo cierto es que no es un rechazo hacia el otro sino que tu progresión o tu evolución de vida ha tomado una dirección diferente del punto de partida que previamente se podía haber compartido.

En este escrito asocio cambio con evolución, en lo personal o en el ámbito profesional. Cambia, todo cambia, como cantara Mercedes Sosa y si tú cambias cambiarán tus modos, preferencias, entorno, ambiciones, quereres y todo lo que te motive a seguir viviendo o creciendo tendrá un componente nuevo, diferente. Por supuesto cambiar no significa, necesariamente, ir a mejor; sobre todo porque el concepto de mejor o peor es relativo, para cada uno de nosotros tiene unos matices, principios y/o exclusiones que hace que veamos ese cambio como evolución o como involución. Pero si tienes necesidad de cambiar debes hacerlo; permitir que la costumbre, la tradición, el qué dirán, los juicios de otros, las malas lenguas o los riesgos que se asumen, te impidan cambiar, no te lo perdonarás nunca en la vida. Más aún es posible que, al final, la necesidad de cambiar te empuje a hacerlo en tiempo y modo desafortunado; hay un tiempo para cada cosa y hay un tiempo para cada cambio.

 

La biología dice que el ser humano a partir de los 50 años se vuelve conservador, es decir que rechaza el cambio pues observa en él más riesgos que oportunidades de mejora. Jesucristo tenía 30 años cuando cambió el mundo. Alejado en el tiempo y en la influencia, los grandes cambios tecnológicos de este siglo han nacido de mentes treintañeras que han querido cambiar el marco de actuación, que han vislumbrado nuevas oportunidades y todos los que hubieran querido ser como ellos (ricos y famosos) les tildan de oportunistas, cuando tan sólo decidieron apostar por aquello en lo que creían, ni más ni menos.

Para terminar sólo señalar que el cambio por el cambio, sin sentido, puede convertirse en frivolidad o moda, pero que si sentimos la necesidad de cambiar entendamos porqué es y actuemos en consecuencia.

¿Cuál es su destino?

Una empresa, un proyecto, nace con un objetivo, con un deseo de logro y con una finalidad; si no existe esta motivación es muy difícil que consigamos resultado alguno de valor. Con las personas sucede exactamente lo mismo. Necesitamos un objetivo de vida, un destino, algo por lo que sentimos que vivimos.

No creo en el azar, sí en el libre albedrío y en la libertad, pero estoy convencido de que cada uno de nosotros tiene un propósito en la vida, un objetivo, algo por lo que luchar, disfrutar y sentir que nos llena o que nos completa a nosotros mismos. ¿Ha pensado alguna vez en cuál es su destino? ¿Qué propósito le mueve en esta vida? ¿Qué espera usted de usted mismo? Creo que cada uno de nosotros tiene un especial cometido en la vida y cuanto antes lo sepamos mejor sabremos encaminar nuestros esfuerzos y disfrutes en llegar a conseguirlo.

Quizá alguien pueda pensar en que me estoy refiriendo a grandes logros o hitos. No, nada que ver, aunque también pudiera ser, porqué no. Sólo pretendo que pensemos en aquello que nos mueve, aquello que tenemos la intuición de que forma parte de nuestro sentido de vida. El sentido puede ser muy diverso: Cuidar de unos hijos, sacar adelante una familia, crear un nuevo negocio o una empresa, conseguir ayudar a otras personas desinteresadamente, servir de faro para otros liderando proyectos políticos, económicos o sociales, incluso podemos ser el reflejo de lo que los demás no debieran nunca ser. Nuestro sentido también puede estar en abrir nuevas brechas por las que transiten otros, en cuidar la salud o fomentar el aprendizaje de otras personas; podemos tener el cometido de poner voz a personas que no tienen esa oportunidad. Hay tantos objetivos por conseguir para uno mismo y para los demás, son casi infinitos. Pero lo que más nos puede ayudar a potenciarles es conocerlos, conocer qué es lo que nos empuja vitalmente a seguir viviendo. Lamentablemente cuando no hay proyectos, como dijera Camilo José Cela, el sentido de vida se pierde y morimos a la vida o a nosotros mismos.

 

Sabemos que nuestro cerebro inconsciente determina el 95% de nuestros pensamientos, así es como, sin ser conscientes, se encarga de gobernar nuestras vidas. Inconscientemente cada uno de nosotros tiene un fin, un cometido. La magia está en saber obtener de él, del subconsciente, la respuesta a lo que somos o pretendemos ser para canalizarlo del mejor modo posible. En ocasiones, como los navegantes en el mar, necesitamos de los faros cercanos a la costa para saber orientarnos en la dirección de nuestro objetivo. La gran ventaja de conocerlo durante el camino vital (que hay que disfrutar en todo momento en su “ahora”), es que podremos ser conocedores de lo que queremos ser y hacer, antes de que llegue el capítulo final en el que, mirando hacia atrás, llegaremos a entender el sentido que tuvo nuestra vida.

 

A veces, el faro, pueden ser las personas que nos quieren, que están cerca de nosotros y que, dada su objetividad unida al cariño, les va a permitir atinar mejor que nosotros mismos en cuál es ese sentido de vida. Le animo a que le pregunte a esa o esas personas bienintencionadas para que le den su punto de vista. A algunos de ustedes les sorprenderá y a otros les confirmará sus propias expectativas sobre sí mismos. También es posible que haya alguien que tenga que cambiar de sentido o de dirección porque esté errado en lo que creía estar consiguiendo. En el fondo, el objetivo, es que cuando toquen nuestras campanas seamos capaces de sentir “mi vida, ha tenido sentido”. Amén.