Tiempo de renovación

Llevamos ya más de 15 días confinados en nuestras casas. Buena parte de nosotros, en estos días, ha debido «enfrentarse» a la propia realidad de cada uno. Seguramente han resurgido en estos días antiguas buenas sensaciones de la vida en familia; son momentos que este tiempo de recogimiento obligado nos van a poder permitir disfrutar. Pero también habrá partes de nosotros con las que no estemos conformes: Experiencias del pasado, carencias afectivas y/o emocionales, situaciones personales que quedaron mal selladas o recuerdos dolorosos que regresan a la actualidad. Nuestros estados de ánimo del presente, provienen del pasado y el futuro que deseemos construir debemos empezar a poner los cimientos hoy (sin olvidar de disfrutar del momento, carpe diem).

El hombre o la mujer que eres hoy es producto de todas las transformaciones, enriquecimientos y empobrecimientos que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida; somos producto de todas las circunstancias de nuestro tiempo pasado. Este momento en el que ahora nos encontramos es excelente para meter en el taller todas esas experiencias pasadas, remover los recuerdos sobre los que hemos crecido y reparar aquellos desperfectos que en su día no supimos como gestionar y que, en muchos casos, hoy nos pueden atormentar. Es tiempo de renovación y para ello debemos entender el porqué de todo nuestro pasado, aceptarlo y marcarnos objetivos de lo que queremos ser cuando salgamos de nuevo a la calle.

Para conseguir esta renovación es esencial mirar hacia dentro de nosotros mismos y preguntarnos ¿Soy razonablemente feliz? ¿Estoy satisfecho con mi vida? ¿Hay algún aspecto de mi personalidad que me incomoda o que no he sabido gestionar? ¿Me siento querido, amado? De o a 10 ¿Cuál es la nota que le pongo a mi vida? ¿Apruebo? ¿Suspendo? ¿Tengo buena nota? ¿Cómo calificaría mi vida? Ante todas estas preguntas tenemos dos alternativas: Responder con sinceridad ante nosotros mismos o autoengañarnos y no querer ver la realidad a la que estamos sometidos. Si somos sinceros y nos sentimos satisfechos ¡qué bueno es! Es algo tan bueno que debemos celebrarlo, celebrar la vida que tenemos. Si las respuestas no son positivas, debemos adentrarnos en nosotros mismos y descubrir qué nos hace daño, qué nos perjudica, para poder empezar a resolver, poniendo límites, entendiendo ese pasado o corrigiendo en donde se pueda corregir.

Si has decidido que quieres renovar algún aspecto de tu vida, tómate tu tiempo en estos días, haz un pequeño listado de todas las cosas que quisieras cambiar; desarrolla un plan para acometer esos cambios (siempre pensando lo que es esencial en el cambio; hay que cambiar lo que provoca nuestra insatisfacción, no las consecuencias o sus manifestaciones – como las adicciones -) y márcate los objetivos que quieres cumplir. Es muy importante en este momento entender que nuestra situación, aunque sea desfavorable para nosotros, es la que conocemos y podemos estar en una zona de confort sintiéndonos realmente mal o incómodos; parece un contrasentido pero es la pura realidad. Por este motivo si decidimos renovarnos lo que más nos va a frenar es el cambio, salir de una zona de confort habitual y a la que nos henos acostumbrado durante años, seguramente. El cambio asusta a muchas personas porque implica entrar en un terreno desconocido, ingrato al principio, que implica esfuerzo y sacrificio y en el que no sabemos desenvolvernos.

Pero, ¿qué hay que renovar? La renovación debe dirigirse hacia todo lo que nos ha provocado insatisfacción y que en el 99% de los casos los atribuimos a determinadas personas (padre, madre, hermanos, compañeros de colegio, etc.) pero que en realidad quien tuvo todo que ver fueron las circunstancias, más que el azar, los tiempos, las necesidades y la historia personal heredada en emociones insatisfechas, provocaron en esas personas que perjudicaron nuestra existencia. Incluso, en muchos casos, la responsabilidad sólo puede ser atribuida a la puñetera casualidad, a un cúmulo de sucesos casuales que causaron influencia en nosotros.

Si decides renovarte y precisas la ayuda de un profesional, que te ayude a encontrar todas tus áreas de mejora y cómo afrontarlas, no lo dudes, encuentra a una persona que te ofrezca garantía y confianza. Si puedes hacerlo por tus propios medios, fantástico; en cualquier caso,  no dejes de hacerlo. Aprovechemos este tiempo de retiro para recomponer buena parte de nuestra vida; merece la alegría. Salud!!

Antonio Lamadrid

antonio.lamadrid@re-encontrarte.com

¿Qué hago con mi vida?

Seguramente una pregunta como esta o similar se la ha hecho usted en algún momento de su vida. Por lo general, cuando acude a nuestra mente es porque o nos encontramos perdidos en alguna encrucijada, o no sabemos bien dónde estamos, o estamos superando un bache profundo o, sencillamente, no sabemos a dónde encaminar nuestros pasos, nuestro destino. Cuando esta pregunta nos asalta, carecemos de objetivos. No sabemos qué queremos conseguir. Yo lo visualizo como si alguien estuviera en medio de la hermosa bahía de Santander, en una barquita con un par de remos, remando y remando, dando vueltas sin timón, sin saber a dónde dirigir su energía y sintiéndose cada vez más cansado de remar sin dirección. A veces incluso algunos, algunas, dejan de remar y las inclemencias del clima de vivir les van minando poco a poco hasta que desaparecen los remos, las manos y la barca. Y, contra esto, se puede luchar.

Lo primero de todo que debemos hacer es saber responder a la pregunta inicial. Si no tenemos una respuesta, hay que pasar de inmediato a marcarnos unos objetivos de vida, aquellos que pretendamos conseguir desde su viabilidad: objetivos personales, sociales, económicos, emocionales, laborales, familiares. A cada uno nos mueven la barca unas aguas y unos vientos en particular.

Sólo un tres por ciento de las personas tienen sus objetivos escritos en un documento, como si de un testamento vital se tratara. Yo tengo tres objetivos, a cada cual más ambicioso. Se los cuento. El primero es vivir el mayor tiempo posible junto a la persona que amo (bien sencillo, ¿verdad?). El segundo es llegar a ser un abuelo feliz (más aún). Y el tercero, algo más instrumental, llegar a tener tiempo de ocio suficiente como para poder escribir todas las historias que tengo acumuladas en papeles y neuronas. Tres deseos, como tres reyes magos, que espero ver cumplidos y que trato cada día de construir, con algún que otro ladrillo, para que los tres lleguen a ser realidad. Son tres faros o tres zanahorias que estimulan mi motivación para seguir viviendo, mientras asumo las tres realidades importantes que afronto cada día con optimismo y vitalidad: el trabajo que me permite vivir con salud económica y emocional, el amor que siento por los que más quiero y cuido, y la ayuda que proporciono con mi trabajo a todas las personas y organizaciones con las que tengo el lujo de poder hacerlo. Estos son los remos con los que navego cada día, y mis objetivos los timones que me guían a donde quiero llegar.

Estos son los objetivos y afanes de una persona normal y corriente. Cada uno de nosotros tiene mucho por lo que luchar, querencias y deseos. Más aún en lo que se refiere a las personas que queremos y que nos quieren. Y, claro, la mar hay días en que está picada, y otros en que es una balsa y nos deslizamos con suavidad; hay rumbos que tenemos claros y otros en los que la brújula no deja de girar. Por eso le recomiendo que los escriba, que ordene sus ideas y sus deseos y se ponga manos en remo a trabajar. Y siempre con una idea clara: un objetivo no es la realidad. Es decir, tener objetivos no es garantía de su cumplimiento; tan sólo es saber que el timón está en el agua y que todo lo que seamos capaces de remar nos acercará a ellos. Mientras así naveguemos nunca nos abordará una pregunta como la que titula este artículo que sólo pretende ayudarle a usted y a mí mismo. Muchas gracias.