Una de las circunstancias más habituales con la que me encuentro, al tratar con determinadas personas, es que sólo pedimos ayuda cuando llegamos al límite de nuestras fuerzas o capacidad de aguante.
A las personas nos cuesta entender que no es lo mismo soportar una determinada presión sicológica, ambiental, familiar, de pareja o laboral, con veinte años que con cincuenta o sesenta; las fuerzas comienzan a flaquear en base a la erosión que vamos sufriendo con el paso del tiempo, padeciendo las mismas inclemencias, ataques, achaques y manipulaciones, por parte de otras personas o por nosotros mismos. El tiempo, dicen que lo cura todo, pero también empeora lo que, en su momento, no se llegó a enderezar. El tiempo, cuando va en nuestra contra, nos debilita, hace que nuestra capacidad de aguante se vea disminuida, nuestros órganos vitales (comenzando por el cerebro, siguiendo por el corazón y todos los demás) se vayan viendo afectados en un desgaste constante, hasta que se produce la ruptura, la caída, el desastre, la enfermedad o cualquier tipo de padecimiento que, en muchas circunstancias, acaba siendo irreversible.
¿Qué nos pasa en estas situaciones? Si tenemos una vida compleja, complicada, insatisfactoria, una vida truncada por abusos, ausencia de afectos, carencias emocionales, complejos, frustraciones, abandonos, manipulaciones, chantajes emocionales y toda una suerte de agresiones exteriores, y no conseguimos liberarnos de ello, cuanto más tiempo estemos en manos de esa fuerza devastadora, menos oportunidades tendremos de librarnos de un final irremediable. Antes de que esa situación llegue, antes de que nos rompamos, tenemos la posibilidad de que alguien nos brinde su ayuda, su consejo, su orientación o una guía personal o profesional que nos permita salir adelante. Muchas veces ocultamos o no queremos ver esta situación compleja en la que vivimos, huimos de nuestra realidad pensando que así no nos afecta y cada vez nos va minando con más intensidad. El autoconocimiento es esencial en este punto, el ser transparentes con nosotros mismos y evidenciarnos lo que nos sucede, enfrentarnos a ello y si no podemos abordarlo sólos, pedir ayuda. Pocas cosas hay tan satisfactorias como pedir ayuda y recibirla; sólo lo gana el que te la pidan y seas capaz de darla (la ayuda).
Lo que ahora quiero compartir contigo es que no necesitamos llegar hasta el borde del precipicio para pedir esa ayuda; no es preciso malvivir o sobrevivir con la carga pesada de lo que nos limita hasta que las fuerzas se nos agoten, antes de tocar ese fondo maldito (que debiera ser intocable) tenemos que levantar la mano, pedir esa ayuda necesitada, dejarnos ayudar y salir a flote con el salvavidas puesto. La vida es todo lo imperfecta que nosotros le dejemos ser, con independencia de que ella misma se encargue de complicarnos la existencia pero, en cualquier caso, vivir es un hecho maravilloso, vivir sintiéndonos queridos, valiosos, importantes, eso es lo más grande que podemos experimentar y que, cuando se trunca, por cualquier circunstancia, debemos ser capaces de afrontarlo, para cambiar un rumbo inadecuado, solos o ayudados por otros.
No hay que tocar fondo, tan sólo hay que ser consciente de que necesitamos esa ayuda, pedirla, tener la fortuna de poder recibirla y seguir adelante y si es sin heridas, sin residuos, sin rastros tóxicos del pasado, mejor que mejor.

