
Cuando un problema, una insatisfacción, cualquier aspecto duro y nudoso que se haya enquistado en nuestra personalidad, se verbaliza y se transmite a la persona adecuada, ese problema comienza a hacerse cada vez más pequeño.
Todo lo que nos guardamos dentro se engrandece, se enquista, se hace más difícil de resolver, por eso si alguien es capaz de entendernos y extraerlo adecuadamente, ese momento será el principio del fin del problema, de la dificultad, de la insatisfacción, de la infelicidad.
Quizá una de las mayores limitaciones que podemos sufrir las personas en nuestra vida sea la de haber perdido la esencia de lo que somos, nuestra autenticidad. Dicho de otro modo es el hecho de haber modificado nuestra personalidad (comportamientos y libertad de ser), reprimiendo lo que verdaderamente somos y adoptando una actitud ante el mundo distorsionada, alterada, adulterada.

Nacemos con una combinación genética determinada (es el hardware de nuestra personalidad) pero los fenotipos (que son la expresión del genotipo en función del ambiente, del entorno) se van conformando en función de la educación paterna, la relación con los hermanos, los amigos, los primeros años de colegio, algunos familiares o amigos de nuestros padres; todo ello conforma el software del que nos vamos a quedar impregnados y que va a condicionar nuestra existencia.

Si hay afectos sanos, ausencia de chantaje emocional, educación en el ejemplo, corrección adecuada de comportamientos y una sana sensación de pertenencia al entorno familiar, muy probablemente nuestros cimientos estén bien asentados y no presenten problemas significativos. Pero muchas, demasiadas, personas se ven afectadas por un entorno tóxico, dañino, frustrante, castrante o carente de emociones y afectos y eso condiciona que no puedan acceder a un mínimo de satisfacción vital que todos merecemos, sin duda.
Esas circunstancias de vida a las que me refiero han trastocado nuestro verdadero yo convirtiéndolo en un “no-yo”, que paulatinamente fue siendo alterado hasta llegar al momento presente desde hace treinta, cuarenta o sesenta años. Todas ellas han ido conformando una madeja, un nudo gordiano, que no sólo es muy difícil de soltar, sino que es más difícil aún de entender que lo tenemos, que lo padecemos y que existe solución para poder remedarlo. Esa madeja de emociones encontradas, de sinsabores, de abusos, de vejaciones, de dolor, de miedos, de fantasmas del pasado, de violencia, de agresividad física o verbal, de ausencia de afectos o de complejos, impide que seamos plenos y que podamos acceder a una felicidad razonable.
¿Qué es re-encontrarse?
Pero ante ello existe la posibilidad de re-encontrarnos, de ser capaces de llegar a conocer lo que realmente somos, no lo que nos han obligado a ser; de volver hacia atrás para, desde ese autoconocimiento, ser capaces de entender los porqués de nuestro comportamiento dañado y corregir, desde el entendimiento de nosotros mismos, todo lo que podemos llegar a cambiar y sanar en vida. Para ello, en el 99% de los casos, necesitamos ayuda, orientación, una guía que nos permita realizar ese viaje de auto-descubrimiento y que, gracias a él, lleguemos a resolver todas esas limitaciones, empezando por comprenderlas y por entender que fuimos objeto de un entorno del que no tuvimos ni culpa ni responsabilidad. Además, en muchos casos, esa responsabilidad, sobre todo de padres, vino propiciada por una herencia que ellos mismos también recibieron y de la que no se pudieron librar, padeciéndolo igual que nosotros mismos.
Ese reencuentro con lo que debiéramos haber sido y no se nos fue permitido es muy satisfactorio, pero requiere un esfuerzo, además de la ayuda externa. El esfuerzo consiste en querer, de modo efectivo e indudable, requiere salir de la zona de confort de dulce amargor que nos envuelve y nos condiciona para no querer ver la solución a nuestros problemas. Llevamos tanto tiempo arrastrando la cadena y la bola fantasmal que creemos que no seremos capaces de vivir sin ellas. En muchos casos confundimos las circunstancias de padres y/o hermanos con la culpa y como no nos permitimos culparles de nuestras miserias, impedimos la recuperación, cuando en realidad no hay nadie culpable. Lo único que hay es un problema y una solución posible, eso es todo lo que hay.



