Vamos a necesitar mucha ayuda

En estos últimos dos días estamos experimentando las primeras sensaciones de que todo lo vivido, en estas siete semanas de confinamiento, está a punto de terminar. Ayer han podido salir los niños a la calle, el dos de mayo podremos salir a pasear y el diez de mayo terminará esta primera fase de confinamiento. Afortunadamente los contagios se reducen, los muertos también y, por tanto, la fase de shock inicial parece que cede gracias a los esfuerzos de todos. La salud, que es factor fundamental de la vida, parece que lo estamos empezando a controlar y esto nos da una cierta tranquilidad y es muy bueno que así sea. Ahora bien, en breve vamos a pasar someternos a los rigores de dos nuevas oleadas de alarma, la económica y la sicológica y de relación con los demás y con nosotros mismos.

La crisis económica que el COVID-19 va a provocar en muchos de nosotros seguro que no tiene parangón en lo que hemos vivido hasta ahora en los últimos 60 ó 70 años. Sería muy ingenuo pensar que el parón de dos meses en la economía, y el que van a sufrir determinados sectores de la actividad económica (hostelería, turismo, ocio compartido, etc.), no va a provocar la desaparición de empresas, de puestos de trabajo y una revisión completa del comportamiento de consumo de todos nosotros (a menor consumo, menos producción, menos inversión y menor riqueza para todos). Vamos a tener que remangarnos bien para remar y remar durante dos años, unos más que otros.

Pero también va a tener grandes repercusiones en nuestra vida en sociedad, en el modo de relacionarnos y, en definitiva, en cómo va a afectar a nuestras emociones, sentimientos y afectos. El primer efecto que vamos a notar es el de contener nuestros afectos con el segundo (familiares cercanos) y el tercer anillo (amigos y conocidos) de nuestro entorno más próximo; no vamos a poder abrazarnos, besarnos, tocarnos o saludarnos como lo hacíamos antes; más aún en los primeros compases en donde las mascarillas, guantes y desconfianzas van a acompañarnos por donde deambulemos. El segundo efecto será el de un relativo enfriamiento de esas relaciones, sobre todo en las personas que viven solas o que tienen más necesidad de contacto personal. Y el tercer efecto y quizá el más potente, va a ser el que se derive de todos los pensamientos y sentimientos que hemos experimentado en estas siete semanas (y lo que nos queda por delante) con respecto a nuestra vida, a lo que somos, a lo que queremos, a aquello que hemos reconocido que tiene más valor que las cosas y a cómo hemos digerido las carencias de afecto que nos pueden haber llegado a herir de un modo en el que ahora, quizá, no seamos conscientes.

Un cuarto efecto va a ser más efectivo en el medio plazo y son las desavenencias de pareja o de familia que este tiempo de extremo contacto físico y personal (viviendas pequeñas, tiempos excesivos, reducción de la privacidad y reducción de la tolerancia hacia el otro) va a provocar. Cuando las piedras están muy juntas es cuando surgen las chispas, cuando las fuerzas, deseos y derechos de cada uno se ven limitados por la persona o personas que tenemos más cerca de nosotros.

Todo este cocktail de restricciones económicas, afectivas, de vida en común y emocionales se va a disparar en algún momento en nuestra sociedad y muchas, muchas más personas van a sentir la necesidad de ayuda vital para poder reordenar sus vidas.

Personalmente creo que nuestros mejores aliados para enfrentarnos a todo lo que está por venir son el esfuerzo, el trabajo, reinventarse y una mayor capacitación, en lo laboral y económico. Y el amor, la tolerancia, el sentido del humor y el autoconocimiento en nuestras relaciones personales. Lo primero de todo, en el ámbito doméstico, es intentar que no se produzcan heridas y lo segundo es que, de producirse, seamos capaces de restañarlas con la mayor rapidez posible. Aún así, muchos necesitarán reencontrarse a sí mismos para poder asumir su nueva realidad y poder reiniciar un nuevo camino hacia el único objetivo que tenemos como personas: Sentirnos lo más satisfechos, dentro de lo posible, con nosotros mismos. Esa satisfacción propicia la autoestima, ella es necesaria para reemprender caminos que requieren esfuerzo y valor; de ahí puede nacer el equilibrio y llegar a la sensación de paz y armonía con uno mismo, que es uno de los santuarios más deseados de entre todos los que podemos aspirar y merecemos.

La mayor epidemia laboral

El estrés crónico es más habitual de lo que se cree y afecta tanto a la salud del trabajador como a su productividad

Autor: Ramón Oliver

Sudoración, palpitaciones, tem­blores, taquicardia, mareo, náu­seas, molestias estomacales, se­quedad bucal, dolor de cabeza, intranquilidad motora… Si tiene alguno de estos síntomas tal vez sufra estrés. Según datos del Ins­tituto Nacional de Estadística (INE), la ansiedad o la depresión afectan al 14,6 % de la población adulta española. Un problema que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha calificado como «epidemia global» y que en­cuentra en los entornos labora­les su caldo de cultivo. Diversos estudios indican que el estrés es ya la segunda causa de los pro­blemas de salud relacionados con el trabajo. Patologías como depresiones, dolencias cardiacas, alteraciones cardiovasculares, lesiones musculares, problemas isquémicos o dermatológicos pueden tener su origen o verse agravadas por culpa del estrés.

En 1956 el fisiólogo y médico austrohúngaro Hans Selye tomó prestado el término de la física y la mecánica —donde la tensión (stress, en inglés) mide la resis­tencia de los materiales— para denominar un cuadro clínico que él definió como «la respues­ta general del organismo ante cualquier estímulo o situación estresante». Una definición que ya sugiere que este fenómeno no tiene por qué ser necesariamen­te nocivo. «El estrés es un meca­nismo que nos mantiene alerta

y nos estimula psicológicamente para enfrentarnos a los proble­mas. Aumenta la creatividad, nos impulsa a tomar la iniciativa y a que respondamos eficientemen­te ante situaciones cotidianas», aclara Ana Ávila, directora de Se­guridad, Salud y Bienestar de Ma­hou San Miguel. De hecho, añade Pilar Jericó, presidenta de Be-Up, «un punto de estrés en nuestra vida es saludable porque mantie­ne alta la atención y aumenta la productividad. Nos da esa «vidilla» tan útil, por ejemplo, cuando hay que hablar en público o trabaja­mos con plazos ajustados».

¿Cómo funciona este mecanis­mo? «Ante un estímulo externo nuestro organismo reacciona de dos maneras posibles: huida o defensa. Los problemas llegan cuando las demandas del estrés superan el umbral de lo que es­tamos preparados para afrontar», explica Antonio Iniesta, presi­dente saliente de la Asociación Española de Especialistas en Medicina del Trabajo (AEEMT) y coordinador de la Guía Sobre el Manejo del Estrés desde Medi­cina del Trabajo, publicada este mismo año. El estrés se convierte entonces en un asesino silencioso que paraliza al profesional. Anto­nio Gutiérrez, coach de salud de TISOC Coaching, recuerda que «una mayor auto exigencia en el trabajo o la presión excesiva de los directivos provoca un aumen­to de la tensión psicoemocional». Se produce entonces un desbor­damiento emocional en la perso­na, cansancio mental y ansiedad.

DETONANTES DE CRISIS Las relaciones humanas y las fricciones del día a día son una de las principales fuentes de esta afección. Un correo electrónico o una llamada telefónica pue­den ser el detonante de una cri­sis. ¿Cómo se combate? «Por un lado, aprendiendo a gestionar los pensamientos generadores de an­siedad y reeducando los patrones de conducta, y, por otro, identificando los factores desencadenan-tes», resume Antonio Gutiérrez. Inteligencia emocional, empatía, asertividad y una comunicación fluida formarían parte de esa receta básica anti estrés, ya que, insiste este experto, «el trabajo se gestiona mejor si se gestionan adecuadamente la emociones y los pensamientos».

Los compañeros y jefes tó­xicos también son un peligroso acelerador de esta dolencia. «El estrés es contagioso», señala Pi­lar Jericó. Por esta razón, esta especialista recomienda elegir cuidadosamente las conversa­ciones en las que se participa en el trabajo. «Si nuestros compa­ñeros son de los que se pasan la hora de la comida quejándose de lo mal que va todo, más vale cambiarse de mesa o comer so­los». El sentido del humor es otro eficaz antídoto. «Ante situaciones de muchos nervios, una broma puede ayudar a rebajar la ten­sión», continúa.

TENER EMPLEADOS ESTRESADOS SIGNIFICA DUPLICAR LOS DÍAS DE BAJA DE LA PLANTILLA

Por su tipo de actividad, existen algunos colectivos más proclives a padecer estrés labo­ral.. Profesores de secundaria o personal sanitario entrarían en esta categoría. También aque­llas profesiones que trabajan de cara al publico o las considera­das peligrosas como bomberos o policías, si bien, puntualiza el doctor Iniesta, éstas últimas «gestionan mejor sus niveles de estrés gracias a la actividad físi­ca que despliegan». Por categoría profesional, los mandos interme­dios son un grupo especialmente vulnerable debido a que «sufren, por un lado, la presión de sus superiores y, por otro, las quejas de sus subordinados», agrega. En cuanto a la edad, «las personas mayores tienen más experiencia y llevan mejor el estrés puntual. En cambio, son más propensas a sufrir el síndrome de burnout (quemado). Mientras que con los jóvenes sucede lo contrario: soportan peor los picos de ansie­dad, pero son más resistentes en el largo plazo».

LA ANSIEDAD O LA DEPRESIÓN AFECTAN AL 14,6 % DE LA POBLACIÓN ADULTA ESPAÑOLA

Pero si el estrés es devastador para la salud de las personas, también puede poner en serios aprietos a las empresas. «Tener empleados estresados significa duplicar los días de baja de la plantilla», alerta José María Gar­cía, director de Capital Humano y Beneficios de Willis Towers Watson. Y no se trata únicamen­te de los síntomas físicos; a nivel emocional el trabajador también se ve seriamente afectado, lo que se traducen en una merma en su rendimiento. «Se modifica el esta­do de ánimo y el comportamien­to. Incrementa la inseguridad y las dificultades para concentrar­se o tomar decisiones», indica Yo-landa Erboru, directora ejecutiva de Comunicación y RSC de Fun­dación Sanitas.

Con el objetivo de frenar el es­trés de sus empleados, cada vez más empresas ponen en marcha los llamados programas de bien­estar o wellness, que persiguen fomentar una cultura de hábitos saludables dentro de la compa­ñía. «Se trata de crear entornos agradables para el trabajo y que posibiliten una gestión inteligen­te del estrés para así evitar la ne­cesidad de un tratamiento mé­dico», comenta Yolanda Erburu. Fomentar el ejercicio físico mo­derado forma parte de esta labor de sensibilización. Porque, asegu­ra José María García, «hay una relación directa entre el bienes­tar físico y la productividad. Los empleados que practican una ac­tividad física de forma habitual tienen mayor resistencia y están más capacitados para gestionar situaciones de estrés laboral».

Empleos bajo presión

Sus elementos de trabajo son aviones de cientos de toneladas de peso, que se mueven a velo­cidades superiores a los 900 ki­lómetros por hora y en los que viajan centenares de personas. Por eso no es de extrañar que controlador aéreo sea una de las profesiones sometidas a más estrés. «Tenemos que to­mar continuamente decisio­nes con muy poco tiempo de reflexión y las consecuencias de un error pueden ser catas­tróficas para la vida humana», argumenta Fernando Marián de Diego, vocal técnico de la Asociación Profesional de Con­troladores de Tránsito Aéreo (Aprocta).

El descanso es la principal he­rramienta de la que dispone el controlador para evitar la fatiga mental. Las normas de aviación civil estipulan pausas por cada dos horas trabajadas.

Además, las cabinas de control están diseñadas para no aña­dir elementos estresantes adi­cionales. Ausencia de ruido, una luz adecuada o una tempe­ratura agradable son factores que se cuidan al máximo para que «todos los recursos men­tales y energía del controlador los dedique al trabajo», prosi­gue Marián. Aun así, no todos aguantan la presión y algunos lo dejan. «La responsabilidad agota. Aprendes a convivir con ella, pero nunca te abandona del todo».

 

Trabajar desmotivado perjudica seriamente la salud

Enfermedades del sistema digestivo, dermatológicas y del sistema muscular son las más propicias a aparecer en casos de desmotivación laboral

Aunque partamos de un trabajo que no es el que se desearía realizar, todos podemos ser muy buenos desempeñando la mayor parte de los empleos que elegimos, si se pone en ellos intención, dirección, ilusión y corazón en realizarlo. Así lo asegura la doctora Marisa Navarro, autora del libro “La medicina emocional”, que afirma que la clave para ser felices en el ámbito laboral, no reside en el trabajo que realizamos, sino en la actitud que se mantenga al respecto.

Para muchas personas un empleo con el que no se sienten felices se convierte en motor de generación de emociones negativas. En este sentido, “un estado emocional negativo producido por el ámbito laboral, teniendo en cuenta la cantidad de horas y días que pasamos en el trabajo, puede ser un potenciador  de enfermedades psicosomáticas o de otra índole”, explica la doctora. Por ello, las dolencias que más se producen en personas que desarrollan estados de negatividad suelen ser las mismas que se derivan de situaciones de estrés, como las relacionadas con el sistema digestivo. “También son comunes, en las personas que en su trabajo están totalmente desmotivadas y tristes, las dolencias relacionadas con el sistema muscular, migrañas y cefaleas tensionales, así como problemas dermatológicos” asegura Navarro.

Muchas veces, estas dolencias son una señal de alarma que nos avisa de la necesidad de un cambio, pero la doctora explica que “no siempre es de empleo, sino de nuestros pensamientos y actitudes ante él”. Por este motivo, ofrece los siguientes consejos para encontrar la motivación cuando la labor que realizamos no nos gusta.

 

Tratar de esforzarse

Cuando nos esforzamos lo normal es que obtengamos buenos resultados. Esto será un impulso para seguir haciéndolo bien, pues el reconocimiento es  motivador. Desarrollar lo mejor posible un trabajo, y más aún si no es de nuestro agrado, nos hace creer y darnos cuenta de que se es capaz de muchas cosas. Entre ellas, la de manejar situaciones que pueden ser difíciles y comprometidas.

 

Centrarnos en la compensación y el beneficio

De esa manera podremos contrarrestar pensamientos negativos. Siempre podemos motivarnos realizando cualquier trabajo, pues cabe pensar que es una elección propia que estamos realizando porque obtenemos una compensación que puede ser económica, de horarios, de situación geográfica, de aprendizaje o de satisfacción personal.

 

Tratar de generar un ambiente agradable

Todos tenemos determinados dones o talentos como pueden ser las relaciones con los demás o nuestras capacidades de consenso. Si las potenciamos nos sentiremos mucho más felices en nuestro entorno laboral. Pasamos una gran parte del día en nuestro trabajo, por lo que es  muy importante que nos rodeemos de un ambiente lo más agradable posible.

 

No centrar la vida sólo en el empleo

Se debe procurar enriquecer los espacios del ámbito personal, ya que nuestra vida no debe centrarse únicamente en el entorno laboral. Hay muchos otros aspectos enriquecedores que pueden hacernos felices.

 

Pensar en “hacer lo que tengo que hacer”

El trabajo es un compromiso, y una vez adquirido, lo que mejor nos va a hacer sentir bien es «hacer lo que tengo que hacer» más allá de lo que “me apetece” en un determinado momento. Esto requiere esfuerzo y disciplina, pero a largo plazo tendrá su recompensa, te hará crecer como persona y te hará sentir mucho mejor y más sano.

 

Alejarse de compañeros tóxicos

Una persona tóxica puede crear a su alrededor un ambiente tóxico para los que le rodean, sea en el ámbito laboral o en cualquier otro. Un buen directivo debe identificar a los empleados tóxicos de una empresa, que los hay de muchos tipos, y tratar de separarlos del grupo de trabajo,  dándoles tareas individuales en las que se relacionen menos con el grupo.